sábado, 19 de julio de 2008

Joseph Conrad (Ensayo)

El corazón de las tinieblas
(Un viaje revelador)

El camino del arte es sinuoso e inextricable. Se abre paso desde las profundidades del alma humana hacia las profundidades de otras almas, ajenas, desconocidas y empáticas. Joseph Conrad, de origen polaco, nació en la actual Ucrania en 1857. Huérfano a temprana edad, luego educado por un tío, a los 16 años huyó de su tierra dominada por los rusos, rumbo a Marsella. Ahí comenzó una vida marinera, plena de aventuras, en buques mercantes franceses primero e ingleses después. Esas experiencias cuajaron en su literatura, y en ella el autor exploró la patética fragilidad moral del ser humano.
Su obra fue escrita con maestría en un idioma extraño para él, y así, impulsado por esa fuerza misteriosa que es el talento, Conrad se volvió una de las cumbres de la literatura inglesa. Escribió 13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos. Su lectura, creo, es imprescindible.
Hay un relato breve llamado El corazón de las tinieblas, que es una verdadera obra maestra del género. Fue publicada en 1902, y su autor volcó allí las visiones que le procurara un viaje al Congo Belga, una década antes. Supo decir de aquella experiencia: “Antes del Congo, yo no era más que un simple animal”.
El texto, como todos los escritos maravillosos, permite miradas trascendentales y diversas. Puede ser leído como un alegato en contra del horror del colonialismo, o como una aventura aguas arriba del río Congo, que permite a Marlow descubrir, en la inmensidad de la selva, a Kurtz, ese ser misterioso, casi mítico, que envía a la Compañía Inglesa a la que pertenece, ingentes cantidades de marfil. También nos permite al recorrer sus páginas, asomarnos a las horrendas tinieblas del corazón humano, y en ese sentido es un viaje de iniciación hacia el espanto.
En efecto, Kurtz había partido hacia el mundo primitivo de la selva, con elevadas miras humanitarias. Pretendía civilizar, alzando faros de progreso a lo largo del camino. La soledad, el primitivismo, el poder, la codicia, devoraron su conciencia moral, precipitándolo en el abismo del horror y en la crueldad que subyace en toda explotación.
Afirma Conrad:«La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea. Al quedarse solo en la selva había mirado a su interior y había enloquecido. El denso y mudo hechizo de la selva parecía atraerle hacia su seno despiadado despertando en él olvidados y brutales instintos, recuerdos de pasiones monstruosas».
Al concluir la lectura, nosotros también hemos sido transformados, y comprendemos a Marlow cuando afirma: "Es curiosa la vida... ese misteriosos arreglo de la lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo... que llega demasiado tarde... una cosecha de inextinguibles remordimientos".
Joseph murió cerca de Canterbury, en 1924. En su tumba se leen unos versos sencillos y hermosos:
El sueño tras el esfuerzo,
tras la tempestad el puerto,
el reposo tras la guerra,
harto complacen ...