miércoles, 19 de enero de 2011

¿Qué debemos exigirle a la política?


Política es un término griego que deriva de polis, ciudad, y hace referencia a la actividad de gobernar el estado para alcanzar el bien común. Naturalmente ese proceso de gobernar está influenciado por la cultura de los gobernantes y los gobernados, por su ideología y por sus intereses. El predominio de cualquiera de estas variables matizará la política y por ende sus efectos.
Así, en una cultura altamente transgresora e indiferente a la obediencia de la ley,  como es por caso la Argentina, no es de extrañar que lleguen  al poder individuos, que por acción u omisión, establecen el abolicionismo de todo orden legal e institucional, hasta donde sea posible, avasallando los principios republicanos y dejando de lado el orden elemental que toda convivencia civilizada implica.
Ejemplo consabido es el de los piquetes, de enmascarados o no, con su correlato de cortes de rutas, calles, vías ferroviarias y puentes internacionales. Constituyen la expresión cotidiana de la prepotencia al servicio de fines diversos. A ello es preciso agregar la ausencia de prevención, represión y castigo del delito de cualquier orden que sea. He ahí los síntomas alarmantes de un estado desertor y de gobernantes peligrosos. La impunidad  de los grandes ladrones  es moneda corriente en el ideario nacional y entiende la connivencia entre política y delito.
Decía Hernández en su Martín Fierro que la ley es telaraña y el bicho grande la rompe, pero hoy en día, también  la atraviesan los bichos pequeños.
Connivencia es palabra latina que significa cerrar los ojos, hacer la vista gorda y es la herramienta esencial del que delinque sin represalias. He ahí el primer mandamiento que debe cumplir la política del porvenir: No hacer la vista gorda. Modificar a través de la educación propia y ajena la abominable pauta cultural de la inobservancia de la ley.
Igualmente sucede con la ideología y los intereses de círculo. Cuando más sectario es el pensamiento y los intereses a que este responde, más restrictivo será el bien común y mas grande la brecha entre débiles y poderosos.
Cada argentino adulto debe producir por lo menos lo que consume decía el General Perón. Producción y trabajo son las dos manos de la política económica y juntas labran la prosperidad.
De modo que la pregunta: ¿Qué debemos exigirle a la política? Tiene varias respuestas.
La primera es que promueva a políticos decentes, convencidos que el orden y el progreso caminan juntos, desterrando la connivencia del hábito de quienes mandan.
La segunda: Que tengan vocación republicana y acepten la diversidad de criterios y el diálogo como primer paso hacia la  puesta en valor de las instituciones.
Por último, encauzar a los violentos (el delito siempre es violencia) bajo el imperio de la ley. La fuerza pública, como su nombre lo indica, es el monopolio de la autoridad del estado para hacer cumplir, a como de lugar, con aquello que mandan la constitución y las leyes. No hacer uso de esa autoridad es por lo menos absurdo y por lo más criminal.
Ejecutivo, Legislativo y Judicial deberían ser tres poderes para un solo fin: La grandeza de la patria y la felicidad del pueblo.


martes, 11 de enero de 2011

DOS ESCULTORES Y DOS CONDOTTIERI


Capitano di ventura era el modo de calificar en la Italia de los siglos XIV y XV a los oficiales mercenarios que conducían tropas, pagadas por las ciudades en conflicto. El término proviene de condotta que era la denominación de las tropas mercenarias.
Eran estos hombres eficientes en todas las especialidades militares de la época.
A veces para llevar adelante una guerra, el capitán que  tenía su propia compañía, debía contratar a otras compañías menores. Así el primer capitán  firmaba otra condotta de modo tal  que era un contrato, verbal o escrito, que se extendía a todo el ejército condotiero.
Tuvieron su edad de oro durante dos siglos, pero hacia el 1550 estas fuerzas eran consideradas obsoletas ante las novedosas técnicas de la artillería.
Hubo dos famosos capitanes de los que el arte guarda memoria.

Erasmo de Narni (1370-1443) alias Gattamelata, acaso por el nombre de su madre Malania Gatteli, era hombre de humilde origen que comenzó la carrera de las armas al servicio de Andrea Fortebraccio, bravo militar conocido como Braccio da Montone.
Estuvo al servicio de Florencia, Venecia y el Papado en las guerras contra los Visconti de Milan.
A su muerte, los deudos encargaron a Donato di Niccolò di Betto Bardi (Donatello), el más renombrado de los escultores florentinos, la realización de una estatua que en su memoria debía erigirse en la Plaza de Padua.
Donatello concibió el monumento ecuestre a Gattamelata como un cenotafio, coronado con una escultura ecuestre, en bronce, donde jinete y caballo a pesar de la marcha están imbuidos de una gran serenidad, glorificando al personaje militar que conduce sin violencia pero con autoridad. Es el retrato de un hombre de edad madura, que avanza hacia la victoria en la plenitud de su inteligencia. Toda la maestría del escultor inmortaliza al hombre de armas.
Es la primera estatua ecuestre del mundo moderno, inspirada en el bronce romano de Marco Aurelio.

Bartolomeo Colleoni (1395-1475) Oriundo de Lombardía, pertenecía a una familia acomodada de la nobleza urbana. A los 15 años fue escudero de Filippo Arcelli, señor de Piacenza y a su lado sostuvo los primeros combates. Luego estuvo a las órdenes de Braccio da Montone y Jacopo Caldora. En 1429 pasó al servicio de Venecia, a las órdenes de Carmagnola. Luego sirvió a Gonzaga, marqués de Mantúa y a Gattamelata.
Fiel a la moral mercenaria, sirvió indistintamente a Milan y a Venecia. Las victorias de Bosco Marengo y la Riccardina le dieron larga fama.
Bartolomeo Colleoni d´Andegavia, como le gustaba ser llamado, murió en su Castillo de Malpaga el 2 de noviembre de 1475.
Tres años más tarde, Andrea di Michele di Francesco de' Cioni, apodado el Verrochio, pintor y escultor de renombre, maestro de Leonardo da Vinci entre otros artistas del renacimiento, recibió el encargo de la que sería su obra más famosa: La estatua ecuestre de Colleoni. Desafiaba a su genio la  gloriosa sombra del bronce de Donatello, erigido tres décadas antes a unos pocos kilómetros de distancia.
Verrocchio puso en esta obra todo su talento artístico. La muerte lo atrapó casi al finalizarla, años después. Alejandro Leopardo fue el encargado de fundirla, darle los toques finales y de diseñar el pedestal de aquella estatua, sin rival hasta nuestros días. Representa a Colleoni cabalgando con aspecto arrogante, orgulloso de su fuerza como hombre, altivo de su talento como general y con el gesto de dirigir sus huestes al ataque. Su cabeza hacia un lado, la del corcel hacia el  otro, en actitud de moverse con paso firme y pesado, pero seguro y fuerte, tal como se vería en el campo de batalla. El lugar elegido para la obra fue la plaza de San Giovanni e Paolo, donde se encuentra la Scuola de San Marco.
El arte, en ambos casos, fue tributario del coraje. Nada más bello habría podido obtenerse como resultado.