Nikolái Gogol
1809-1852
En qué espantoso mundo vivimos, caballeros.
N.G.
Gogol vivió apenas 42 años y sin embargo, pese a la cortedad de su existencia, el legado de su obra lo ubica entre los grandes escritores rusos y entre los primeros de la literatura universal. Nació en Ucrania, de ancestros polacos, en el seno de una familia de la baja nobleza rural. A poco de cumplir los 20 años, viajó a San Petersburgo donde al no encontrar conchabo en la burocracia zarista, se empleó en la universidad como profesor de Historia.
Sus primeras publicaciones fueron exitosas, tal el caso de las Veladas en la finca de Dikanka y Mirgorod, ambos títulos del año 1832. Mirgorod, compuesto de cuatro relatos, incluye el célebre poema épico Taras Bulba. Su prosa, plena de humor, realismo e ingenio le valió fama y críticas feroces.
Destacó como dramaturgo con su comedia El Inspector general, que lo enemistó con la censura y lo habilitó para su larga estancia en Roma, donde produjo la novela Almas muertas, su obra maestra. Fue este libro modelo e inspiración para varias generaciones de escritores. En él describe de modo magistral las andadas del consejero colegial Pável Ivanovich Chichikov, truhán y estafador sin límites que se apropia de títulos de propiedad de sirvientes muertos. La calidad de su texto sitúa esta novela en los umbrales de la literatura moderna.
En 1842 publicó uno de sus relatos cortos más celebrados: El capote, que relata las peripecias de un funcionario, víctima de las injusticias tan frecuentes en la cruel sociedad rusa de esos tiempos.
Gogol, preso de obsesiones místicas, inmerso en una profunda crisis espiritual, en 1848 peregrinó a Tierra Santa en busca de respuestas que no encontró.
Al borde de la locura, poco antes de morir quemó gran cantidad de escritos, entre ellos los originales de la segunda parte de Almas muertas, acaso ensimismado en culpas delirantes por la obra realizada.
Así suele ser la vida de aquellos que ungidos por el azar con el don de crear belleza, a veces, al movilizar fuerzas y materiales extraídos de canteras situadas en las profundidades del alma humana, arrastran desde ese psiquismo oscuro, los fragmentos, inservibles por despedazados, del equilibrio y la mesura indispensable para la vida del así denominado hombre común.
Iván Turguenev, el maravilloso dramaturgo y novelista, considerado el más europeo de los escritores rusos, escribió en el obituario de la Gaceta de San Petersburgo:
“... ¡Gogol ha muerto!...
¿Qué corazón ruso no se conmociona por estas tres palabras?...
Se ha ido, el hombre que ahora tiene el derecho,
el amargo derecho que nos da la muerte, de ser llamado grande...”
Las autoridades encargadas de la censura no aprobaron este homenaje póstumo, pero Turguenev se las ingenió para publicarlo. Ello le valió al joven talento un mes de prisión y dos años de destierro. En efecto durante el despótico reinado del mediocre zar Nicolás I, el clima político de Rusia, fértil para espías e informantes de un terrorífico aparato represivo, devino agobiante para muchos, en particular para los intelectuales. Como se advierte, de lejos provenían las raíces de la hiedra opresiva del Stalinismo que tanto oprobio generara en el siglo XX. La autocracia zarista, ciega, plena de despotismo y violencia para sostenerlo, sembró cizañas que aún hoy se cosechan.
Así fueron las cosas…