En las postrimerías del segundo milenio los seres humanos habían desarrollado una serie de ingeniosos aparatos, denominados ordenadores o computadoras, que permitían efectuar una serie de operaciones que agilizaron enormemente los procesos de cálculo, información y comunicación.
Un siglo después, los progresos científicos acaecidos en el campo de la cibernética fueron considerables. Aquella rama del conocimiento que Platón denominara kybernetes, o arte de gobernar (hombres o navíos) había avanzado hasta límites insospechados. Resultó ser una valiosa herramienta para el impulso de la investigación científica.
Estaba escrito que sería en París, ciudad asociada al amor romántico desde tiempos inmemoriales, donde Serge Debran, investigador de la Universidad de La Sorbonne, perfeccionaría el llamado Neurógrafo de Splitz, al punto de permitirle estudiar, como nunca antes se hizo, los denominados neurotransmisores, responsables de la comunicación neuronal y de cuyo equilibrio o desequilibrio, dependen las emociones humanas.
Según relató en sus memorias, influenciado por un estremecedor romance que había trabado con su secretaria, comenzó a analizar el funcionamiento de su propio cerebro, por entonces sometido a las inclemencias de Cupido. En su laboratorio acostumbraba escuchar una antigua melodía proveniente del Río de la Plata, llamada “Tu diagnóstico”, cantada por un francés afincado en aquellas orillas y recordaba que fue inspiradora para sus célebres hallazgos.
--Estoy próximo a un descubrimiento sensacional. —Le dijo una tarde a un colega.
--¿De que se trata? --Preguntó el curioso.
--Logré identificar el mecanismo de acción de varias moléculas de la química cerebral, detecté su origen y su secuencia operativa. --Respondió eufórico.
Al cabo de dos meses, sorprendido por los hallazgos, Debran extendió el estudio a un universo poblacional más amplio, lo cual le permitió, más tarde, elaborar su célebre teoría, denominada Chimie de l´amourette, que en nuestro idioma vendría a significar Química del amorío.
En una de sus famosas publicaciones, Debran afirmó haber fundado sus trabajos en las antiguas observaciones de los psicólogos acerca de la sobrevaloración e idealización del objeto amado; y en los estudios de los neurobiólogos de Massachussets y Heidelberg, en torno a la ocitocina y algunas catecolaminas, y su acción sobre el lóbulo frontal.
Su originalidad consistió en detectar y cuantificar las concentraciones de pequeños neurotransmisores moleculares, en individuos inmersos en la sensación amorosa y relacionar las similitudes de acción registradas en trastornos tales como la bipolaridad, los estados obsesivos compulsivos, la depresión y diversas alteraciones del humor.
Pero, a mi modo ver, lo más interesante de su tarea fue la síntesis de unas moléculas que él denominó Reguladores anímicos, y que en dosis apropiadas mitigaban los trastornos de la personalidad, como también los síntomas de imbecilidad transitoria y desasosiego profundo, tan comúnmente advertidos en la fase del enamoramiento.
Como a menudo sucede, cuando se divulgaron sus hallazgos, fue criticado y anatemizado por sucesivas oleadas de mediocridades furibundas, quienes lo acusaron de ser un exterminador de sentimientos y de propender a una humanidad desprovista de los valores fundamentales del amor.
--Jamás intentaría eso, --respondió Debran en un difundido debate. –Cuando expliqué la química precisa de algunos comportamientos, solo pretendí arrojar un haz de luz sobre el misterio de ciertas emociones. No son más que alteraciones de reguladores neurofisiológicos que aseguran el contacto con la realidad y su aptitud crítica, desde el lóbulo frontal del cerebro.
De nada valieron los argumentos de la razón. Debran prosiguió, aislado y en silencio, con sus investigaciones, acaso imaginando que de poder invertir los términos del hallazgo, su obra maestra aún estaba por venir. Infirió que si el prójimo no deseaba suprimir los males del amorío, entonces debería obtenerlos al por mayor.
En Septiembre de 2214 sintetizó la Erotonina. En la publicación científica que detallaba este acontecimiento, reveló que en dosis adecuadas, el fármaco provocaba estados de ánimo idénticos a los del enamoramiento. Concluía, acaso con ironía, que considerando la grande importancia que tales emociones tenían en el inconciente colectivo, desde ese momento estaban a disposición de todos.
Sin embargo, su genio continuaba generando polémicas.
--“¿De qué me acusan? --Preguntó en el celebrado reportaje publicado por La Humanité, en el cual desmoronaba los argumentos de sus enemigos y les restregaba el placer de haberles devuelto, en forma de píldoras, ese sueño que tanto anhelaban y que hacia tanto habían perdido. Señaló, con su habitual humor ácido, que salvo unos poquísimos humanos dotados de genio o talento, que plasmarían en sus obras de arte los frutos de tan curioso estado, el resto de los mortales, tan solo podrían reverdecer viejos laureles, dejando atrás el hastío de vínculos oxidados, la decrepitud de los afectos, la exacta visión de sus mediocres y devaluadas parejas, tan cínicamente toleradas; recuperando con la Erotonina los altibajos de la pasión. El medicamento de Debran pronto pasó a ser más vendido que la aspirina.
Hacia el final de su vida, rico y famoso, Debran era un hombre decepcionado de la naturaleza humana. Falleció en Abril de 2121, y sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse.
Uno de sus discípulos, Samuel Jacob, avanzó en el estudio de los trabajos del maestro y en colaboración con el economista inglés Madox Lynn, advirtieron que los efectos de la Erotonina se extendían más allá de lo imaginado. Los indicadores de productividad e innovación tecnológico-científica, disminuían, lenta e inexorablemente, en relación directa al consumo de Erotonina, mundialmente comercializada por un laboratorio suizo.
¡Aquella fue una revelación extraordinaria!
Por espacio de un año, el Parlamento Europeo, el Congreso de USA, los rusos, los chinos y hasta los hindúes, se ocuparon febrilmente del tema.
Luego, la comunidad internacional sancionó leyes severas y retiró la Erotonina del mercado, procediendo a su execración urbi et orbi. Las tres religiones monoteístas apoyaron la iniciativa. Todos mintieron, asegurando que la llamada droga del amor, tenía propiedades cancerígenas.
En la intimidad del poder se sabía que la marcha de los buenos negocios era incompatible con los estados contemplativos que la Erotonina provocaba. En estado natural, el enamoramiento afecta a una minúscula parte de la población, durante un cierto tiempo. El horror de la Erotonina consistía en que enamoraba a todos durante casi todo el tiempo.
Con la prohibición se revirtió la tendencia declinante de los negocios y se normalizaron las cifras de la macro y la micro economía. La lógica del mercado reinstaló la idea que los pensadores antiguos sostenían: "El amor, en su primera fase, es un estado que provoca embotamiento y necedad excesivas, estado que la cabeza no soporta durante mucho tiempo”.
Indirectamente, no hacían más que darle razón al vituperado Debrán, quien acaso en el otro mundo saboreó los frutos tardíos de la venganza.
Aquellos que mandaban en la tierra, entendieron la necesidad de retrotraer la alienación y la estupidez humana a valores funcionales, es decir a los límites precisos e imprescindibles para la continuidad de los asuntos planetarios, con sus industrias, sus guerras y sus ideologías, adecuadamente incorporadas a la vida cotidiana. Cien años después de los descubrimientos de Debrán, el asunto estaba olvidado. La perniciosa influencia de la Chimie de l´amourette estaba definitivamente sepultada.
Las oquedades iluminadas por el científico francés, recuperaron su milenaria oscuridad. Hacia el año 2250 estaba reinstalada la miopía de los viejos tiempos y los sofistas explicaban los misterios del amor como provenientes de ignotas vibraciones del alma, tan bien cantadas por poetas y romanceros de toda laya.
Personalmente, después de estudiar en profundidad aquellos sucesos, concluyo observando que hay en la esencia de la felicidad humana infinidad de variables, la mayoría de las cuales no merecen ser develadas.
N del A: La fuente de esta crónica puede hallarse en la “Histoire de la decouverte scientifique”, de Julián Ducoeur, editada por Paris Presse, MMCCLV.