martes, 26 de octubre de 2010

EL HUMILLADO de R. Arlt




Teatro del I.U.N.A
Venezuela 2587
DOMINGO 20 hs.
A partir del 14 de Noviembre


Roberto Arlt nació en Buenos Aires en 1900 y acompañó con su literatura los
cambios sociales de la primera mitad del siglo XX. Hijo de inmigrantes alemanes,
encontró en el periodismo su modo de vida, escribiendo en Crítica y el diario El
mundo. Semanalmente entregaba sus Aguafuertes, al tiempo que trabajaba en sus
cuentos, novelas y obras de teatro. El juguete rabioso, El amor brujo, Los siete locos –novela de la que la presente obra es un capítulo- y Los lanzallamas tejen la intriga de hombres y mujeres que conspiran y ocultan la verdad de su ser bajo las máscaras de la complicidad, en una ciudad enmarcada en la marginalidad y la pobreza, donde el sexo y la traición son las nuevas monedas de intercambio humano. Arlt escribe para vivir, con una mirada carente de compasión o de sentimentalismo. La mirada de quien sufre a la par de sus personajes.

jueves, 21 de octubre de 2010

UNA DEMOCRACIA SIN REPÚBLICA



“Un montón de gente no es una república"
Aristóteles


Hay tres Argentinas. Una Argentina que se dice, una Argentina que se piensa y una Argentina que se hace.
La que se dice es una República democrática, progresista, cuyo gobierno busca la equidad social y la redistribución del ingreso.
La que se piensa en vastos sectores de la población, es una argentina de paz, orden y trabajo, en la cual el imperio de la ley sea irrestricto.
La que se hace es una Argentina plena de desigualdades crecientes, cuya caída imparable nos ha traído (desde los lejanos tiempos en que éramos uno de los grandes países del planeta) a esta realidad actual, anárquica, miserable, mafiosa y corrupta.
Que nos impuso una runfla interminable de funcionarios y dirigentes enriquecidos vilmente, con intereses de círculo y obedientes a fines inconfesables, que se mofan del pueblo, porque nunca lo han tenido en cuenta.
Que nos impone este país en que se muere a manos de criminales de toda laya, o por el hambre inclemente, o por un sistema de salud deplorable, o por una educación decadente, o por un orden social subvertido.
Desde siempre, se ha simbolizado a la justicia como una mujer con los ojos vendados, con una balanza en una mano y una espada en la otra. No queremos más una justicia que mira por el rabo del ojo, cuya balanza esta amañada y que carece de espada, esa que es indispensable para castigar a los culpables.
Decía Nelson Mándela: “Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento”.
Ese es el tipo de democracia que no nos resignamos a soportar.
Plutarco refería que la población libre del Ática estaba constituida por los eupátridas (nobles), los demiurgos (artesanos) y los geomoros (campesinos), estos dos últimos formaban el demos que era la base de la democracia griega. Es decir el gobierno del pueblo (que trabaja).
En esa democracia se debería insertar la República, esa que perdimos y que aún no encontramos.
Una república no es otra cosa que un sistema de gobierno que se inclina ante el imperio de la ley, la división de los poderes, la periodicidad en los cargos, la idoneidad para ocuparlos, la publicidad de los actos de gobierno, la participación, el respeto y la tolerancia ciudadana.
Es una forma de gobierno en la que todos se realizan y que debemos recuperar de una vez por todas.