miércoles, 6 de abril de 2011

UNA MAYORÍA SILENCIOSA

                   

El engaño y su instrumento preferido, la mentira, son multiformes.
Así advertimos en los tiempos que corren que los partidarios del montonerismo chavista, una deleznable hibridez que conforma el núcleo del poder ejecutivo nacional, proclaman de viva voz que la oposición no existe. Luego, en heteróclito silogismo, concluyen afirmando que una vez más la Argentina tiene una sola opción y esa opción es la actual presidente K, auténtica Salvadora de la Patria. Lástima grande, por que han sido tantos los Salvadores de la Patria que supimos conseguir, que sería conveniente ejercitar alguna prevención ante la emergencia, ya que gran parte de nuestras lacras provienen de ellos.
Si por oposición entendemos el contraste, la disconformidad, el desacuerdo, o bien el grupo político o social que no está en el poder y que representa las opiniones contrarias a las de los dirigentes oficialistas, entonces, en esa inteligencia es dable afirmar que la oposición existe y es numerosa. Es, a no dudarlo, la tan mentada Mayoría Silenciosa, ese infierno tan temido que no se expresa en los medios masivos de comunicación, sino que murmura aquí o allá y que cuando uno menos se lo imagina, hace tronar el escarmiento.
Desde que la entronización de las mafias, el patoterismo, el piquete, el abuso y la ilegalidad son alentados como usos sociales adecuados, los argentinos estamos en serios problemas. Son conflictos basales, mucho más graves aún que la ignorancia, la marginalidad, la inflación, la inseguridad o la mentira cotidiana a la que peligrosamente nos estamos habituando. En tanto que los países vecinos aprovechan, guiados por los consejos de la razón, las circunstanciales ventajas comparativas de sus economías, para cimentar la inversión y el desarrollo, alentando la cultura general de sus pueblos, en particular la cultura democrática; aquí, los que mandan en la Argentina, se empecinan en distorsionar un pasado atroz para profundizar la saña divisionista que los inspira.
Falto de ideas, el gobierno se emboza en consignas anacrónicas y dilapida los recursos y las oportunidades globales para construir un país y una sociedad mejor. Curiosamente, la corrupción establecida como sistema multiplica por ese sencillo mecanismo el número de pobres, que ellos, los K, al autodefinirse como progresistas, pretenden disminuir. Res non verba.
Los remanidos conceptos de progresista y progresismo nacieron en el contexto de las revoluciones liberales del siglo XIX, para designar a los alineados tras la idea del progreso, el cambio social y las transformaciones económicas, políticas e intelectuales, frente a los que conformaban el bando del Antiguo Régimen.
Sin embargo, si observamos con cuidado a nuestros seudo progresistas, nos damos cuenta que son meros camaleones bien asalariados, partidarios de una amalgama lampedusiana entre las prácticas inconfesables del amiguismo capitalista y la retórica demagógica. Su lema: “Plus ça change, plus c'est la même chose”. O por decirlo en criollo: Más de lo mismo.
El remedio para esos males a no dudarlo llegará de la mano de esa Mayoría Silenciosa que, tal como el supremo alfarero bíblico, amasará en la arcilla electoral la criatura de su agrado.