lunes, 2 de junio de 2008

Dramaturgia y compromiso social (Ensayo)

EL TEATRO DE SAMUEL EICHELBAUM
Un guapo del 900 (Ecuménico López)

"No soy una taba que pueda caer de un lao o de otro.
Yo caigo en lo que caen los hombres,
ni aunque me espere el degüello a la vuelta de la esquina".
E. López.


El Contexto histórico.
Las cosas pudieron suceder en el principio del siglo pasado, en las presidencias de Roca o de Quintana, en los tiempos bravos en que al país lo poseían y lo mandaban unos pocos…y lo padecían muchos.
Es fama que entonces, en acuerdos de círculo, se acordaba el reparto del estado y su renta. Esos acuerdos, denominados roscas, eran arreglos económicos primero, y políticos después. A falta de otro, es lugar común afirmar que esos pactos se imponían a las mayorías con singular violencia, resabios de la decimonónica estrategia, de sangre y fuego, utilizada para neutralizar la así denominada barbarie de las masas.
Este ejercicio, pergeñado en los despachos de los mandamases, se practicaba con fervor en la base, tanto en los patios de los comités, como en los atrios donde transcurrían los comicios. Su herramienta primordial: el fraude patriótico. Sus operadores de última línea: los guapos.
La gran corriente inmigratoria del siglo XIX, había poblado las márgenes de las ciudades (y del país), con extranjeros prontamente desilusionados de aquella generosa Argentina, que cantaban las odas:

“Y como leve arena que alza el viento,
a ti vendrán el paria y el hambriento
soñando con la Tierra Prometida”

Vinieron sí, pero el sueño tornóse pesadilla. No abundaba aquí la benevolencia, y muchos retornaron a sus patrias. Otros, los más obstinados, se quedaron e hicieron lo que pudieron, en medio de una sociedad mendaz e intolerante, que no había hesitado en procurarse una ley que facultaba a expulsar a los extranjeros indeseables. Esos indeseables no eran precisamente los ingleses, a quienes los dueños del poder y la tierra, pródiga en carnes y granos, entregaban indolentes casi todos los negocios productivos.
Hacia el año 1940, cuando Samuel Eichelbaum estrenó su obra Un guapo del 900, algunos cambios sociales ya habían ocurrido, y otros se insinuaban en el horizonte. Es creíble que a Ecuménico López, su criatura, la haya moldeado con arcillas tomadas de aquí y de allá, incluido su barrio, el Abasto, pródigo en personajes de esa laya.
Eichelbaum era cuñado de Edmundo Guibourg, gran amigo de Carlos Gardel, ambos habituales del bar O´Rondeman, el de la esquina de Humahuaca y Agüero, propiedad de la familia Traverso, protectores del Zorzal criollo. Constancio y Cielito Traverso eran hermanos y sus dagas estaban al servicio de D. Benito Villanueva, caudillo conservador cuyo feudo era el comité de Cevallos y Cochabamba. Cielito, aquel a quien Juan Maglio, Pacho, le dedicara un bello tema, mató en 1903 a un tal Argerich, y por ello lo metieron preso, para ser luego indultado por el presidente Roca, merced a las influencias en juego.
No es aventurado pensar que los ecos de aquellos sucesos hayan abonado la inspiración de don Samuel, cuatro décadas más tarde, cuando aquellos malevos eran una especie extinguida, sepultados por el tiempo y sus mudanzas. Apenas si flotaba en el aire el mito del orillero finisecular, desdibujado por los trazos no siempre finos del tango y la literatura.
Le cupo al teatro de Eichelbaum restaurarlo y proyectarlo en su contexto real.


La trama.
Tal vez en algún sórdido conventillo de los arrabales de Buenos Aires, nacieron y vivieron su niñez los hijos de Natividad, a quienes, según se sabe, con la leche de sus pechos, les pasaba también la hombría.
Corridos los años, ya casi hombres, de seguro los arrimó al comité conservador de su parroquia, Montserrat o Balvanera, para que sirvieran al caudillo político. Casi todos murieron por el hierro o por el plomo, y fueron, como se dijo, enterrados sin lágrimas. Eran de esa raza de cuchilleros, que mataban y morían, sin odio ni lucro, nomás que por la exaltación del coraje y la lealtad, no siempre bien orientada.
Al comenzar el siglo, Ecuménico López llevaba veinte años, la mitad de su vida, al servicio de Don Alejo Garay, varón principal de la política, origen y fin de toda la adhesión ideológica del malevo. En él proyectaba sus borrosos ideales de autoridad y templanza, hasta el día en que el engaño de la esposa de don Alejo, comenzó a horadar la fama y el respeto que se le debían al caudillo.
Ecuménico, sabedor del escarnio que se propalaba por lo bajo, vio apocarse su admiración por aquel hombre y tomó distancia de él, cuando le atisbó un tilde de cobardía. Después, empujado por su propio instinto, a desgano, mató al amante de la mujer, en un vano impulso por eliminar, menos la causa que el efecto, de una deshonra que no era suya. Sospechado por ese acto brutal, fue encarcelado y después liberado, por la presión de su madre sobre don Alejo.
Ese crimen, a diferencia de otros que cometió, fue revelador de su destino trágico. Intuyó que su acero, atributo del coraje, estaba condenado a servir a intereses subalternos y a un hombre de poca valía. Tal como el compadrito, que resulta un monigote imitador del guapo o el compadre, así se le habrá metamorfoseado don Alejo a Ecuménico. Nomás que el alarde de un valor ya inexistente. De ahí, a despreciarlo y asquearse de la política, no hubo más que un paso.
Apenas liberado, tras unos meses de encierro, donde habra resistido mil sevicias, le confesó a la madre, la desconcertada Natividad, su crimen y la decisión de entregarse. Preso, no por voluntad de la policía, sino propia, de puro guapo.
Es concebible que un delicado haz luz se proyectase dentro del ingenuo cuenco moral de Ecuménico, alumbrando una pizca de conciencia histórica. De ahí en más, renegando de la libertad o la prisión impuestas por las voluntades de otros, aquel desclasado anuncia que se dará a la policía, empujado por íntimas y paradojales preferencias: Una honra sin libertad, antes que una libertad sin honra.
La cárcel le habrá parecido, por aquella decisión trascendental, el ámbito liberador de ancestrales subordinaciones.


Ecuménico hacia 1920.
Eichelbaum nos permite alentar, al caer el telón, la esperanza de un hombre nuevo, que desde la marginalidad y el desapego, marcha hacia otra dimensión espiritual, imperceptible e imprescindible, para perfilar otro compromiso existencial.
Los últimos rastros de Ecuménico se han perdido. Debemos conjeturar su recorrido final, y es innecesario advertir que toda conjetura, toda manipulación del tiempo, es una de las formas de la mentira.
Ecuménico le dice a su madre que desea entregarse a la policía.
¿Lo habrá hecho? Aparecen dos respuestas posibles.
En ese marco, de haberlo hecho, quince o veinte años más tarde, al concluir su condena, inmerso entre gente diversa a aquella del 900, apocada su estampa altiva, Ecuménico haya entrevisto otro país. Quizás se fuera a vivir a la casa de su hermano Pancho, bien casado con la hija del franchute. Allí les contaría a sus sobrinos las historias de los tiempos idos y tal vez, iniciado en otras miras por anarquistas y opositores, como él encarcelados, se permitiría alguna simpatía por Irigoyen, sospechando vagamente cual era el bando que le correspondía.
En el ocaso de su existencia, sonada la hora postrera, Ecuménico López habrá enfrentado a la muerte como un estoico, satisfecho de haberse encaminado, tras aquella puñalada fatal, hacia su huella inevitable.
En la segunda alternativa, si no se entregó a la policía, si prefirió la libertad, entonces habrá continuado con su oficio de cuchillero, acaso con menos convicciones y lealtades que antes, hasta que una noche cualquiera, en alguna casa mala, una puñalada inadvertida habrá cortado el hilo de su vida.