viernes, 13 de junio de 2008

A propósito de una pintura renacentista (Ensayo)



Tres hombres en la Toscana

A menudo se ha comentado el poder de la palabra, dicha o escrita, para modificar, mejorando e empeorando, tanto el mundo que nos rodea, como el que llevamos adentro. Puede que sea cierto y hasta donde yo sé, hay, aquí y allá, algunos indicios de tales modificaciones.

Piero Della Francesca, (1416-1492) fue uno de los grandes maestros de la pintura del Quattrocento italiano. Muy apreciado en su tiempo, trabajó para diversos mecenas en las regiones de Toscana y la Marca, en particular para Federico da Montefeltro, duque de Urbino. En 1445, la Compagnia Della Misericordia, una fraternidad del Borgo Sansepolcro, su toscano pueblo natal, le encargó un políptico, es decir un cuadro con varios retablos, que se cierran a modo de libro, que mide 273 cm. de alto por 330 cm. de ancho. En su centro pintó la imagen de María. A esta hoja se la conoce como La Virgen de la Misericordia.

Aldous Huxley nació cerca de Londres en 1894, en el seno de una prolífica familia de intelectuales. Devino un escritor célebre y murió en los Estados Unidos en 1963. Entre su vasta obra, hay un libro de viajes, que escribió en 1925, titulado A lo largo del camino. En esos recuerdos trashumantes, Huxley, que visitó el Pallazzo Cívico de Sansepolcro, calificó esa pintura de Piero Della Francesca, que allí se admira, como uno de los cuadros más bellos del mundo.

Anthony Clarke era, durante la segunda guerra mundial, un rudo oficial de artillería del ejército británico. El frente bélico atravesaba el pueblo de Sansepolcro y Clarke, había recibido órdenes de bombardear las líneas alemanas que lo ocupaban. En esa faena estaba, cuando de pronto atravesó su memoria el libro de Huxley, que había leído hacía ya mucho tiempo, y recordó aquellas palabras…"Uno de los cuadros más bellos del mundo".
A despecho de sus propias órdenes, interrumpió el cañoneo, temeroso de dañar o destruir aquella obra que jamás había visto, pero de la que guardaba memoria, gracias a Huxley. Los alemanes abandonaron el pueblo al día siguiente. Clarke pidió ser conducido ante el políptico, y se reconfortó al verlo intacto. Había salvado una obra maestra de una desaparición segura.
Una de las calles del pueblo lleva su nombre, y al recorrerla, uno no evita pensar que la azaroza existencia está llena de misterios. Las palabras también.