
Y cada vez que partí llevé conmigo la imagen de mí barrio
Benito Quinquela Martin
En el año 1890, en la casa de Niños Expósitos del Barrio de San Telmo, en Buenos Aires, fue abandonado un niño de unas tres semanas de vida, envuelto en pobres ropajes, con una nota que decía su nombre: Benito Juan Martín. Alli permaneció ocho años, hasta que fue adoptado por un matrimonio de trabajadores de la Boca del Riachuelo, puerto pobre y laborioso en los arrabales de la ciudad. El padre era un genovés, carbonero, apellidado Chinchela, y la madre una entrerriana: Justina Molina.
Le dieron al niño amor y pobreza. Fue dos o tres años a la escuela y luego la dejó, llevado por la necesidad de ayudar en la carbonería de su padre. A los 17 años, se inscribió en la Sociedad Unión de La Boca fundada en 1877, donde funcionaba el Conservatorio Pezzini Sttiatessi. Allí comenzaron sus lecciones de dibujo y pintura de la mano del maestro Alfredo Lazzari. Las clases consistían en copias de yesos y estampas, mientras que los domingos hacían un recorrido por vecina Isla Maciel, pintando paisajes del natural.
Esa fue su pasión. Al cabo de veinte años, devino un pintor célebre. Adoptó el apellido de su padre, criollizándolo. Recorrió el mundo con su arte. Pintaba la atmósfera en que vivía y en ello fue incomparable. Fuerza, color, amor, toda la humana condición fluía de sus óleos. También su alma estaba llena de amor y de colores. Ambas esencias las volcó en su barrio. Filántropo sin medida, donó a la Boca una escuela para mil niños, un taller de artes y oficios, un hospital de odontología, un museo, obras, en fin, todo lo que ganó son su pintura la volcó en su barrio.
Fue en el cabal sentido de la palabra: Un Hombre. Murió a los 87 años, pobre y feliz. Memoria imperecedera para aquel pintor de la Boca, que era el único título al que aspiraba