Todo en lo humano es evolutivo, incluido el arte. Es como si la experiencia de los hombres fluyera a través del tiempo, sedimentando aquí y allá los basamentos para los avances de su efímero devenir.
Hubo en ese marco de ideas tres grandes pintores que fundamentaron con su obra lo que sería el movimiento impresionista del siglo XIX, con su explosión de luz y de color.
El primero de ellos
La obra del de Lorena influenciaría sobremanera a dos pintores románticos ingleses.
Uno fue Joseph Turner, (Gran Bretaña 1775-1851) viajero incansable, desarrolló su genio a temprana edad y su obra fue una evolución constante, no siempre comprendida, pero impregnada de sensiblidad y maestría, utilizada para expresar la fragilidad humana frente a los poderes de la naturaleza.
Venecia fue el paisaje de alguna de sus mejores obras. Como pocos captó los efectos de la luz sobre el cielo y la laguna.
El mar, el sol, todas las fuerzas de la naturaleza deflagran en sus pinturas.
Así, El Temerario remolcado a puerto, El naufragio, o Lluvia, vapor y velocidad, del año 1844, anticipan lo que sería el arte del siglo XX.
Turner - Incendio
El tercero de estos grandes artistas, sedentario y apegado a su terruño, fue John Constable (Gran Bretaña 1776-1837), maravilloso paisajista del condado de Suffolk, de grande fama en los tiempos en que vivió, al punto tal que la región circundante, que el inmortalizó en sus óleos, se denomina el territorio de Constable.
Sus obras, como la Catedral de Salisbury, Playa de Brighton o Barco encallando en la playa, serían contempladas con admiración por Delacroix y la mayoría de los pintores impresionistas, tanto por su asombroso manejo de la luz, como por su inclinación a pintar el paisaje al aire libre, que ellos adoptaron unánimemente.
Acaso la tela más apreciada por estos fue la denominada El carro de Heno, de una armonía y efectos lumínicos inefables.
Constable-El carro de heno
La obra de estos tres maestros se encuentra diseminada en los grandes museos del mundo. Contemplarlas resulta una experiencia inexplicable, bella y conmovedora. Al fin y al cabo esas emociones son el prodigio del hecho artístico.