viernes, 25 de junio de 2010

ARGENTINA O LA INCESANTE DECADENCIA



Argentina o la incesante decadencia


“Poder, es la eventualidad de que un hombre o un conjunto de hombres realicen su propia voluntad incluso contra la resistencia de otros que participan en la acción”

M. Weber


Medio siglo atrás, cuando algún lúcido enumeraba nuestros males sociales, se acostumbraba decir, a modo de disculpa, que ello obedecía al hecho de que aún éramos un país joven. Mucha agua pasó bajo el río, y si bien ignoro cuantos son los años requeridos para que una nación pase a la etapa de la madurez, es innegable que cada generación aporta la cuota de infantilismo, necedad o madurez que se refleja en los que mandan. Y las dos últimas generaciones... bueno de ellas mejor no abundemos.
De tal modo, pasados los fastos del bicentenario, no estaría de más reflexionar sobre cual es el debe y el haber del país, de cara al siglo XXI.
Sin importar demasiado la fuente que se consulte, todas coinciden en señalar el progresivo retraso de Argentina. Es innegable que en los últimos cincuenta años quedó marcado, a modo de fatalismo político, una permanente vocación por empujar a esta tierra al abismo de la ignorancia, la pobreza y la mediocridad. Perón acostumbraba definir a la sinarquía internacional como un conjunto de poderes supranacionales, que tira de los hilos para mejorar en su beneficio la explotación mundial.
En sus palabras: ”El capitalismo y el comunismo soviético no son sino dos de ellos, aparentemente contrapuestos pero, en realidad de verdad perfectamente unidos y coordinados (...) La masonería, el sionismo, las sociedades internacionales de todo tipo, no son sino consecuencia de esa internacionalización del mundo actual. Son las fuerzas ocultas de la revolución como son las fuerzas ocultas del dominio imperialista".
El accionar de estas fuerzas sinárquicas explicaría en parte, la claudicación o la complicidad de los gobiernos nacionales. Ellos amainaron ante el desafío de resolver los males que nos aquejan. Violencia, inseguridad, asesinos sueltos, leyes que no se cumplen, estado desertor de la educación y la salubridad, políticos enriquecidos, he allí un paisaje poco alentador.
Pero, no escondamos la cabeza como el avestruz. La gran parte del problema seguimos siendo nosotros, los argentinos y aquello que pobremente entendemos por ejercicio de los deberes y derechos sociales y democráticos. Quizá no este lejos la hora de la autocrítica, delante de esta realidad que tenemos. Resulta sospechoso que pasados los males de las dictaduras y a casi tres décadas de distancia de la última, la abogadocracia, es decir el poder de todos los abogados que ininterrumpidamente ejercieron la Presidencia de la República, curiosamente, a contrapelo de su calidad de hombres de leyes, consolidaron, por acción u omisión, el desprecio por las normas legales, las instituciones y el balance de los poderes republicanos, mostrando bajezas que han abonado el germen de la corrupción, ya establecido como mal endémico en las proximidades del poder, o en el poder mismo.
La República raquítica, su sociedad atravesada por el atraso, la miseria creciente y la falta de dirigentes capaces de establecer un proyecto de país que nos aglutine en las próximas décadas, vaticinan un futuro sombrío.
El tren del progreso pasará y no podremos subirnos a él, a menos que se nos haga carne la imperiosa necesidad de educar al soberano en la disciplina del trabajo, del respeto a la ley y la obediencia al orden democráticamente establecido. Sólo con un pueblo educado se podrá combatir a los corruptos, a los anárquicos y al seudo progresismo demagógico. He ahí un problema de todos. Alguien dijo y con mucha razón: “Nadie se realiza en un país que no se realiza”.