jueves, 10 de junio de 2010

¿QUIÉN EXTRAÑA A TARZÁN?


¿Quién extraña a Tarzán?

El folletín decimonónico que publicaba por entregas las novelas de autores que con el tiempo se harían famosos, fue un invento parisino. Al periódico Le Press le corresponde el hallazgo, cuando en 1842 redujo el precio de la suscripción, incorporó espacios publicitarios y aumentó el tiraje, utilizando como atractivo las novelas, cuyos capítulos llegaban a los lectores en ritmo quincenal.
Inmediatamente Le Siècle, Journal des Debats y Constitutionnel copiaron la idea y escritores de la talla de Honoré Balzac, Emile Zolá, Alfred de Musset, Francois René Chateaubriand y quien fuera el más exitoso folletinista: Alejandro Dumas, autor de Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo llegaron a vastos lectores. Los rusos e ingleses hicieron otro tanto y sus folletines lanzaron a la fama a Dostoievsky, Dickens y a Conan Doyle entre otros.
Cuando la moda llegó a los EUA, las revistas por entregas se denominaron Pulp Magazines, y debían su nombre a la pródiga cantidad de pulpa de celulosa con que se hacía el papel barato con el que se imprimían. Las más conocidas fueron Weird Tales, Amazing Stories, Black Mask y All Story Magazine.
En esa última, en octubre de 1912, apareció en la portada el dibujo de un hombre joven y fuerte, con taparrabos, quien encima de un león furibundo, alzaba su cuchillo para liquidarlo. Era Tarzán.
Por obra y gracia del escritor Edgar Rice Burroughs había nacido para el gran público aquel héroe portentoso, hijo de aristócratas ingleses muertos accidentalmente en África y único sobreviviente de la tragedia. Su nombre: John Clayton III, Lord Greystoke, quien fue rescatado de su orfandad por una manada de fantásticos monos, cuasi homínidos, que lo criaron y lo bautizaron Tarzán (Hombre Blanco en el simiesco lenguaje). Resultó un autodidacta que se alfabetizó con los libros que estaban en el equipaje de sus padres. Cuando a la edad adulta entró en contacto con algunos exponentes de la civilización occidental, viajó a Europa, aprendió varios idiomas y luego regresó a la selva, según consta en la interminable saga de sus aventuras. Al igual que otros seres mitológicos criados por animales, como Rómulo y Remo o ciertos personajes de Kipling, Tarzán hizo historia, aunque la suya fue breve.
Hoy, de estar vivo, tendría alrededor de cien años de y sería difícil creer que anduviera colgado de los árboles con la mona Chita saltando a su lado, o al galope en el lomo de su elefante Tantor. Es una pena, pero así es la vida. El inexorable paso del tiempo acaba con todo lo vivo y con mucho de lo imaginario.
Los jóvenes del siglo XXI tienen otros héroes y en África casi no quedan junglas ni monos. Otros paradigmas impregnaron los espíritus y nuevos gustos alejaron a los aficionados de aquellos sucesos en la jungla, donde el infatigable Tarzán hacía de las suyas.
Es un hecho irrefutable que los folletines por entregas, las Pulp, como les decían los norteamericanos, han desaparecido por completo para dar paso a nuevas técnicas de comunicación popular, como el radioteatro primero o la telenovela después, y muy a menudo la pobrísima calidad de estas propuestas nos hace añorar aquellas revistas, de rústico y amarillento papel, con el cual se envolvían las perlas literarias de los grandes autores mencionados.
¡Pobre hombre mono! Como a menudo sucede con los hombres viejos, mucho menos temerarios que él, se ha vuelto un estorbo para los que lo rodean, ya no es tomado en cuenta y sus habilidades selváticas a nadie le interesan. Es un personaje poco menos que olvidado y cuando se enumeran sus hazañas, las generaciones actuales sonríen condescendientes.
O Sancta Simplicitas. Santos ignorantes ellos también. No imaginan que así como nadie extraña al viejo Tarzán, en poco tiempo más, nadie los extrañará a ellos. Ni a nosotros, sus obsoletos amigos.
¡Lástima grande! La tierra y el olvido todo lo devoran.