jueves, 9 de septiembre de 2010

CARAVAGGIO



A ciencia cierta, poco sabemos de este gran pintor, Michelangelo Merisi, cuyo apellido, por comentar uno de los tantos enigmas que rodean su vida, registra más de una docena de grafías distintas.
Se sabe que nació en Lombardía hacia el año 1571. Era hijo de un empleado del marqués de Caravaggio, ciudad donde pasó su infancia, de ahí su apodo. Fue aprendiz del pintor lombardo Simone Petersano, que se decía discípulo de Tiziano. Viajó a Venecia donde apreció la obra de Giorgione y fue influenciado por ella. Entre los años 1592 y 1610 desarrollo una gran actividad artística en Roma principalmente y en Nápoles, Malta y Sicilia, en los últimos cuatro años de su existencia, en calidad de prófugo de la justicia romana, que lo acusaba de homicidio. Era al parecer hombre de carácter difícil.
Sus biógrafos, como la mayoría de esa época, oscilaban entre la apología y el escarnio, de modo que del Caravaggio poco se ha dicho con fundamento, y lo que se dijo fue muy posterior a su muerte, antes de cumplir sus cuarenta años, en circunstancias oscuras. Se habla de accidente o de venganza, y lo cierto es que su cuerpo jamás fue hallado.
El clima de la contrarreforma de Roma no prohijaba la libertad de expresión y de pensamiento, y la inquisición siempre rondaba a aquellos que no entraban en la horma. Caravaggio incluido.
Y como siempre sucede, los hombres pasan y la obra queda.
Este maestro dejó para la posteridad pinturas maravillosas, olvidadas muchas y menoscabadas casi todas por el hollín de las velas ardidas a su lado durante centurias, hasta que el siglo XIX rescató la grandeza de su pincel, separó la paja del trigo, desechando numerosas falsificaciones, restauró sus cuadros y puso a disposición del mundo su trazo magistral en el claroscuro, en el realismo de sus personajes y en la modernidad de su ingenio.