
Los Argentinos
Desde que Octavio Paz afirmó que “Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos...de los barcos”, una discusión bizantina echó a rodar y aún no para. Ahí están los que le dan razón al poeta y también los que se la niegan. No faltan tampoco los que aseguran que somos más aborígenes que los aborígenes o tan europeos como los europeos.
¿Cómo tomar partido en semejante lío?
Por lo que se sabe el actual territorio de la Argentina, a la llegada de los españoles, estaba poblado por indígenas que habían partido del Asia 180 siglos antes y se habían diseminado por todo el continente americano.
¿Cuantos eran los que aquí vivían? No se sabe a ciencia cierta, no olvidemos que el primer censo de población argentina se realizó en 1869. Por lo que dicen las crónicas de viajeros, a diferencia de los aztecas, mayas o incas, los indios de por aquí no eran demasiado civilizados ni numerosos. Conformaban tribus nómades de una centena de componentes cada una, que acampaban en misérrimas tolderías, poseían un desarrollo cultural rudimentario, un lenguaje pobre y pocas cosas más. Valen como ejemplo los querandíes y araucanos que con el posterior calificativo de pampas poblaron la región occidental del Río de la Plata. O los charrúas y guaraníes de la margen oriental, que en las barrancas de Punta Gorda se comieron a Solís y a sus compañeros, un caluroso día de Enero de 1516.
Los primeros españoles en avanzar por tierra, desde el Perú y fundar poblaciones fueron Diego de Rojas y Juan Núñez de Prado, quienes entre los años 1542 y 1552 llegaron hasta las márgenes del Paraná. De Prado estableció Barco III, media legua al sur de la actual ciudad de Santiago del Estero, la primera población europea en lo que luego sería la República Argentina.
Algunos eruditos aseveran que hay tres raíces que conforman el árbol genealógico de la argentinidad: La europea, la aborigen y la negra. Es difícil establecer cuales son los grosores de cada una y el número preciso de sus frutos.
Por lo que a Buenos Aires concierne, los españoles que llegaron con Garay eran 63 hombres,10 españoles y el resto nacidos en América, algunos producto del mestizaje. También había una mujer. Luego llegaron otras, desconocidas pero valiosas. Ignoramos las proporciones que habrá cobrado el mestizaje en las orillas del Plata, pero es de imaginar que no habrá sido grande, ya que hacia 1610 la población total de la aldea era de unos 500 pobladores y el trato con los indígenas no era demasiado amable que digamos. Hacia 1690 la población ascendía a 5000 almas y recién comenzaba un reducido tráfico de esclavos negros, realizado primero por los franceses y que luego del tratado de Utrecht, a principios del siglo XVIII, pasó a manos de los ingleses, a quienes la corona española autorizó a importar, en el Río de la Plata, un máximo de 1200 negros por año, de los cuales 400 pasaban a Chile y Perú.
No abundaba en estas tierras la demanda de mano de obra esclavista, imprescindible en otras regiones americanas. Tampoco había dinero en demasía para adquirirla. Así se desprende de los documentos de la empresa esclavista South Sea Company, donde los ingleses se quejan de lo exiguo del negocio en el Río de la Plata. Las cifras consignadas reflejan que en su máxima expresión, el tráfico alcanzó entre 1730 y 1760 un total de 12.000 cabezas de negros, como se decía en aquella época. Los esclavos eran en su mayoría hombres, y un 30% mujeres y niños. Unos 5000 quedaron en esta región, otros 4000 cruzaron los Andes y los restantes 3000 fueron vendidos en las provincias interiores. La población de Buenos Aires en 1813, tiempo en que se abolió la esclavitud llegaba a unos 40.000 habitantes, de los cuales un 15% eran negros. Conclusión: La raíz de la negritud no fue demasiado importante en el mestizaje argentino, considerando las cifras de importación total, disponibles en el Archivo General de la Nación
A finales del siglo XIX, es cierto que los barcos trajeron a estas playas millones de inmigrantes de la vieja Europa, y que la proporción de nativos y extranjeros alcanzó una relación 3/1, enorme si la comparamos con la otra gran nación receptora, los EE.UU, donde la relación entre nativos y extranjeros jamás excedió del 10/1.
Obviamente. la historia nacional no empezó con los que bajaron de los barcos, antes o después del siglo XX, pero es un hecho que se nutrió de esa descomunal visita humana para apuntalar la construcción de la Argentina moderna, desplegándose a partir de 1870 un esfuerzo de integración incomparable, basada primordialmente en la educación. Baste señalar que durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento se levantó una escuela cada dos días, durante todo su mandato.
Es imposible concluir sobre el grado de comercio carnal entre europeos, indios y negros en los últimos 4 siglos, solo podemos afirmar que existió y con eso es suficiente para saber que, probablemente, con el paso del tiempo, casi todos los argentinos tendrán algunas gotas de sangre de aquellos que por aquí estaban, pasaron o quedaron. Llegado ese día, la ínfima cuestión de saber si descendemos o no de los barcos, ya no tendrá ninguna importancia, salvo para aquellos que quieren cargar las tintas para evaluar los genes que andan dando vueltas entre nosotros. Será un día luminoso porque quizá entenderemos que en realidad, los pueblos descienden de su historia, de sus construcciones sociales, políticas y económicas, y que la mayoría de esas construcciones, mal que nos pese, suceden más allá de los lechos, pobres o ricos donde se engendran los humanos.