martes, 20 de julio de 2010

ALPHONSE



De razones vive el hombre,
de sueños sobrevive.

Miguel de Unamuno


“En la mitología griega, los Oniros eran las diversas personificaciones de los sueños. Según Homero, vivían en las playas del extremo occidental del Océano, dentro de una caverna del Erebo, donde las nieblas rodeaban los bordes del mundo. Ellos les enviaban sueños a los mortales, desde una de las dos puertas allí situadas: los sueños auténticos surgían de una puerta hecha de cuerno, mientras que los falsos se abrían paso a través de una puerta de marfil”.
“Aunque Hesíodo los creía hijos de Nix, otros los consideraban paridos por Erebo o por Gea. Ovidio, quien también se ocupó del asunto, los consideraba hijos de Hipnos. Ellos eran Morfeo, Iquelo y Fantaso”.

Al llegar a ese punto, cerré el libro y me quedé meditando en los sucesos que a continuación relato.

*****

“Fuimos con Aurore a la exposición de André Sebastian, quien nos invitó a tomar unas copas a su departamento, cerca de L´Etoile. A modo de trío, tuvimos intimidad, pero él no se derramó dentro de mí sino que lo hizo en mis muslos” -- aclaró Julie, como si le estuviera comentando una nimiedad a su peluquera. Entonces, en medio de una angustia espantosa, contrariado por los celos, di la media vuelta, y sin decir una palabra me alejé de ella”.
-- Segundos después desperté de ese mal sueño. Aún hoy me sobresalta el recordarlo.
Así concluyó Alphonse Berthelot el relato de aquella ensoñación lujuriosa, de la cual su esposa y una amiga habían sido las osadas protagonistas. La cosa, de por sí banal, no merecería la menor atención de no ser por un detalle: Alphonse pasaba por ser uno de los más célebres especialistas en la fisiología del sueño y su interpretación psicológica, en el sentido que le daba Carl Gustav Jung, es decir que los símbolos oníricos serían transmisores de mensajes instintivos, a las áreas racionales de la mente humana, por lo cual resulta necesario interpretarlos para comprender el lenguaje de los instintos
Gran estudioso de la obra de W. Charles Dement, Alphonse había dado varias veces la vuelta al mundo ofreciendo conferencias que habrían hecho palidecer al mismísimo Artemidoro, reputado en la antigua Grecia como grande autoridad en esa materia. De allí mi sorpresa, ante su interés por compartir conmigo ese nocturno sucedido. Al rato, cuando nos despedimos, además de mis problemas personales, advertí que cargaba en mi espíritu la atribulada noche de mi amigo. Así como Atlas fue condenado a sostener las columnas del cielo sobre sus hombros, mi naturaleza me castigaba a soportar los problemas del mundo como propios.
Lo cierto es que allá como a la semana, nos reunimos para almorzar en La Coupole, y sin preámbulos Alphonse retomó el tema de aquel sueño. Había algo en el tono de su voz, en el fulgor de sus pupilas, que me hicieron pensar en un poseído por la monomanía. Traté de serenarlo, creyendo equivocadamente que el estudio excesivo estaría alterando sus nervios. Recuerdo que de regreso, caminamos hacia el bulevar Raspail y nos despedimos junto a la estatua de Balzac. En broma le insinué que estaba trabajando en demasía, como el ilustre escritor que nos miraba desde el bronce y que no era cosa de morir en el intento, justo antes de cumplir los 50. Pero bromas aparte, mi enfermiza preocupación por el cariz de los acontecimientos iba en aumento.
Los primeros días de abril lo volví a ver, cuando presentó su libro “El inframundo de los sueños” editado por Gallimard. Allí, en medio del gentío, pudimos conversar unos minutos y una vez más comentó sus pesares por aquel sueño desdichado.
--Me estoy ocupando del asunto y creéme, es mucho más revelador de lo que te imaginás. --- Dijo con actitud recelosa.
Sonreí por la ocurrencia, pero me embargaba un oscuro presagio. Días después partí hacia Nimes, para controlar las obras de conservación del anfiteatro romano. Ínterin, regresaba a Paris en viajes relámpago y al ser absorbido por los requerimientos familiares, casi no me encontré con mis conocidos. Más precisamente, afirmo que evité todo contacto con Alphonse para no agravar mi neurosis obsesiva.
Si cabe el término, diré que mi salud estaba quebrantada y ante la inminencia del verano, mi mujer me recordó la necesidad de tomar unas vacaciones. A qué negarlo, ella estaba harta de mis altibajos, pues yo arrastraba una sempiterna retahíla de angustias. Algunas consultas con la agencia de viaje y montones de deliberaciones domésticas determinaron que partiríamos con destino a Nápoles y la costa Amalfitana.
Poco antes del viaje, desbordada mi ansiedad, lo llamé a Alphonse para invitarlo a almorzar y así conversar un poco. Al verlo ingresar al restaurante, su aspecto llamó mi atención. Se mostraba algo desalineado, con el paso cansino y la mirada inquieta. Al poco comenzó a relatar las cosas que le habían sucedido, naturalmente relacionadas con su desvarío onírico.
---Desde hace un tiempo no tengo paz en el alma. ---Afirmó.
--- ¿Que es lo que te sucede? ---Le pregunté.
---Recordarás el sueño que tuve. Pues bien, impulsado por una fuerza recóndita inicié una discreta vigilancia de mi esposa.
--- ¿Qué estás diciendo, Alphonse? ---exclamé.
---Lo que oís. Comencé a seguirla y a los pocos días surgió la concordancia entre lo soñado y lo descubierto. Una o dos veces por semana, sola o con Aurore, caminaba hasta la rue Chalgrin, cerca de la Avenida Foch e ingresaba a uno de los departamentos, donde supe que vivía el pintor Sebastian. Dado el cariz que tomaban las cosas, contraté a un detective privado, el cual, al cabo de dos semanas, me presentó las pruebas irrefutables del affaire amoroso de mi esposa.
Yo escuchaba estupefacto. Traté de calmarlo y de calmarme, abusando de los consuelos imaginarios que ofrecen los lugares comunes.
---Alphonse, ---le dije--- si te interesa sostener el vínculo con Julie, deberías comprender que a veces, en ellas y en nosotros, hay necesidad de un cambio de aire…todo pasará, ya lo verás.
--- ¡Al diablo con esa filosofía, yo esto no puedo ni quiero comprenderlo! ---Respondió iracundo.
Cuando nos despedimos, tuve la certeza que las cosas de mi amigo iban por mal camino. Y yo lo seguía de cerca, pues no andaba mucho mejor, dada mi crispación ante los arcanos de mi existencia y la del prójimo. Acaso por ese motivo no la pasé bien en Italia. Pensaba y repensaba en las derivaciones del sueño de Alphonse.
Principiaba el otoño cuando lo visité en su estudio de la rue Mercadet. Salimos a caminar y al sentarnos en un banco del parque, el hombre se sinceró una vez más.
---Toda esta cuestión de la infidelidad de Julie me tiene a maltraer. En la antigüedad clásica, los sueños eran entendidos como revelaciones divinas o demoníacas, y podían revelar el porvenir del sujeto que soñaba. Hasta hoy día, ese concepto se ajusta a la verdad. Lo digo por experiencia propia.
---Alphonse, creo que exagerás. Estás agotado. Yo debo partir a Buenos Aires, donde estaré un par de semanas. ¿Por qué no me acompañás? Pasearíamos y compartiríamos buenos momentos con mi familia y los viejos amigos.
---Imposible, --me dijo. ---Estoy en medio de compromisos ineludibles.
Su voz expresaba sentimientos siniestros.
---Además, anoche soñé que en medio de una discusión, preso de una violenta emoción, le disparaba tres tiros a Julie. Te imaginarás que esas no son cosas para soslayar…
Un frío glacial me recorrió la espalda. Al despedirnos tuve la convicción de que Alphonse necesitaba ayuda psicológica y se lo expresé.
--- ¿Por qué no consultas a un profesional que te aconseje en este trance? Te puedo dar el teléfono del que a mi me trata.
Hizo una mueca triste, me abrazó y se alejó. Yo quedé desconcertado.
Días después, mirando las aguas turbias del Río de la Plata o al escuchar unos tangos en alguna milonga de Buenos Aires, no lograba, por más que me lo proponía, sacarme de la cabeza los devaneos de Alphonse. Estaba persuadido que sus cuitas de amor lo arrastrarían al abismo y en mi fuero íntimo, temía un asesinato o algo por el estilo. Lo llamé por teléfono un par de veces pero nadie contestó, lo cual incrementó mi desasosiego. No veía la hora de retornar a Paris para conocer el desenlace de tan intrincados eventos.
Arribé la víspera de Nochebuena. Después de varios intentos logré comunicarme con Alphonse. Noté en su voz un tono inusual. Me hizo saber que las cartas estaban echadas. Sus palabras, como las de César, fueron latinas: Alea jacta est.
Quedamos en vernos el segundo día del nuevo año. Me pidió que no lo llamara hasta entonces, pues decisiones de máximo interés lo requerían.
Me carcomía la intriga. Un insomnio pertinaz me ganó la mente. Sabía que muchos crímenes se cometen en la desazón anímica que provocan los balances vitales de las navidades. Leí con avidez las páginas policiales, temiendo lo peor y conté las horas y los días que mediaron hasta nuestro encuentro.
A las tres de la tarde pasé a buscarlo por su estudio. Me alarmé al encontrarlo, ya que estaba como en otro mundo. Mientras tomábamos un café lo interrogué, abrumado de ansiedad.
--- ¿Cómo andás?
Permaneció impasible, mirándome a los ojos.
--- ¿Cómo anda tu ánimo?
Cual si despertara de una siesta, me respondió:
---Mi ánimo está mucho mejor. Ya no me preocupo tanto.
Suspiré aliviado.
--- ¿Consultaste con algún psicoterapeuta?
--- No. Pero estoy francamente mejor. En dos ocasiones estuve a punto de matar a Julie, pero me contuve. La semana pasada arrojé la pistola a las aguas del Sena y opté por la diplomacia.
--- ¡Bien hecho! ---Le dije complacido.
Después, con la mirada perdida, comentó:
---No se si te enteraste que tengo nueva secretaria.
Lo miré extrañado.
---Se llama Cèline, es un primor, tiene 24 años y unas ganas locas de aprender todo lo que concierne a mi especialidad. Nos reunimos en su departamento dos veces por semana. Tiene unos senos maravillosos, vive encelada, deseosa de ser poseída y en la intimidad es un portento. Ahora no hago otra cosa que soñar con ella, despierto y dormido.
Poco después se marchó con andar feliz y al verlo alejarse, cavilé en los vaivenes de las emociones humanas. Allí, solo en ese banco, permanecí ensimismado. Imaginé las escenas sexuales de Julie y Aurora con el pintor Sebastian, los maravillosos senos de Cèline, su celo perpetuo y su intimidad portentosa.
Por primera vez en semanas me sentí relajado. Desde entonces tuve claros deseos de informarme sobre la oniromancia.
---“¡Que hemos de hacerle!, me dije mientras suspiraba, ---al fin y al cabo, no es tan malo tener sueños, aunque sean ajenos. Lo digo yo, que al despertar, no recuerdo ni mis pesadillas…”

jueves, 15 de julio de 2010

LOS HOMOSEXUALES TAMBIÉN SE JUBILAN



"El amor abre el paréntesis, el matrimonio lo cierra."
Victor Hugo

La Argentina ha demostrado que cuando quiere, puede estar, con presteza, a la vanguardia evolutiva de las sociedades planetarias. Lo que a otros países les lleva años de investigación, búsqueda de consensos y debates, aquí, en menos de lo que canta un gallo, lo resolvemos.
De ahora en más, las parejas del mismo sexo pueden casarse, igual que las heterosexuales, en el marco del código civil y si la felicidad pasa por allí, pues que sean felices. Lo celebramos.
Ahora bien, una vez concluidas las celebraciones de esas conquistas, sería interesante que las mismas energías y los ríos de tinta empleados por tirios y troyanos para atacar o defender esa cuestión, se volcaran a asuntos infinitamente más urgentes y dolorosos que la ley de matrimonio igualitario, y que son precisamente, aquellos horrores que nos expulsan de la vanguardia. Cito, por caso, la carencia humillante en que se encuentran sumidos millones de jubilados, condenados a morirse de hambre con 900 ó 1000 pesos mensuales.
Además deberíamos agendar como temas prioritarios la crisis de la salud y la educación, el INDEC mentiroso y la inflación del 25%, la pobreza y el desamparo social, la violencia delictiva, el flagelo de las drogas y sus narcotraficantes, la corrupción de los que mandan, la utilización de los pobres para los fines inconfesables de la política, etc. etc.
Se trata, en suma, de los males de un país que ofende al persistir en la injusticia.
¡Argentinos a las cosas! ... Había expresado Ortega y Gasset en una de sus visitas, pero, pasado el tiempo, las cosas esperan y nosotros también. Vivimos tiempos de decisiones trascendentes: O somos una comunidad de avestruces insatisfechos o una sociedad organizada, comprometida con el bien común y el progreso humano, cumpliendo y haciendo cumplir las leyes.
¡Cada quien a lo suyo!

martes, 6 de julio de 2010

UN PAIS DE INDIVIDUOS INCONEXOS



Decía alguien, no sin razón, que la cultura de un país no se mide por la altura genial de unos pocos, sino por el valor que acredita el conjunto de sus habitantes.
En ese sentido, Borges, Gardel, Favaloro o Perón son cumbres maravillosas del arte, la ciencia y la política, que hasta la fecha, exceptuando lo que hay que exceptuar, se yerguen, lamentablemente, en una vasta y desértica llanura, donde la ausencia de educación cívica, la incultura, el individualismo cerril, nos ha transformado en un país con habitantes pero sin ciudadanos, donde la necedad propalada por todos los medios ha imbecilizado a gran parte de la sociedad, achatando el pensamiento, promoviendo la idolatría de personajes dignos de desprecio, produciendo en suma, una sociedad en involución.
Al no poder colocar el civismo en un plano superior, entendemos la patria como una especie de proyecto adventicio, personal, que se explica y se justifica según nos va en la feria. De ahí a la inexistencia de una ciudadanía responsable no hay más que un paso. En ese gélido clima moral, la corrupción, el facilismo, la opinión pueril, la politiquería barata prosperan. Alli, la ausencia de educación de las masas deviene política de estado.
En ese aspecto el seleccionado nacional de fútbol imitó al país del que proviene. Individualidades más o menos talentosas, dispersas y a merced del azar, que no lograron conformar un equipo. Las responsabilidades les caben a unos pocos y en este sentido, las sociedades de cualquier naturaleza, como los pescados, se pudren por la cabeza. Un cúmulo de consignas banales y de motivaciones sensibleras pretendieron sustituir la idoneidad profesional que requiere un director técnico y auguraban la derrota y el resultado final del 4-0 en Sudáfrica.
El país también está al borde de un 4-0. Nos corresponde a nosotros deshacernos de los pescados que se han echado a perder.
De no producirse un cambio profundo en la manera de ver, sentir y entender la patria, los argentinos acabaremos por tener lo que nos merecemos: Una tierra de insoportable mediocridad, con miseria creciente, violenta hasta el hartazgo, gobernada a perpetuidad por un puñado de corruptos que promoverán a buen precio el Bailando por un sueño o el Fútbol para todos, que resultaría una versión criolla, degradada del Pan y Circo de la antigua Roma, ya que en estas tierras, el dinero para el pan se lo han robado.

viernes, 2 de julio de 2010

TURNER, UN PINTOR ROMÁNTICO


Turner, un pintor romántico

El paisaje inflama tanto el aire, que la vista ya no resiste y el horizonte enceguece de fuego.
Turner


Decía Baudelaire: “El romanticismo no se halla ni en la elección de los temas ni en su verdad exacta, sino en el modo de sentir. Para mí, el romanticismo es la expresión más reciente y actual de la belleza. Y quien dice romanticismo dice arte moderno, es decir, intimidad, espiritualidad, color y tendencia al infinito, expresados por todos los medios de los que disponen las artes”. Si aceptamos esa definición, sin duda Joseph Mallord Turner es quizá el más grande de los pintores románticos y acaso uno de los principales maestros de la pintura inglesa de todos los tiempos. El romanticismo, en general, antepone los sentimientos a la razón y el romanticismo pictórico, en particular, se define por la riqueza interior, apasionada del artista y su creatividad, aislada y conmovida ante lo desconocido y misterioso, fuere la noche, las ruinas, los cementerios, la muerte, la luna o los diversos fenómenos de la naturaleza.
Turner nació en Londres, en Abril de 1775, en una humilde cuna. Era hijo de un barbero y una madre que poco después perdió la razón. A los 14 años dominaba la técnica de la acuarela como pocos y apenas rebasaba los 20 años cuando ingresó a la Real Academia de Arte.
Fue un paisajista impar y en sus cuadros representó el poder de la naturaleza y la belleza de sus atmósferas bajo la magnificencia de la luz, de tal modo, que resultó un inspirador insoslayable para los artistas modernos que lo sucedieron, sobre todo los impresionistas, maravillados ante sus figuras difuminadas y sus nieblas vaporosas.
La lluvia, la niebla, el mar o los canales de Venecia consagran, en el pincel de Turner, la supremacía de la luz sobre la forma, siempre cambiante, efímera e inestable.
El óleo de 1839,que ilustra estas líneas, El temerario remolcado a dique seco,explica mejor que cien metáforas lo espléndido del arte de aquel genio.