
De razones vive el hombre,
de sueños sobrevive.
Miguel de Unamuno
“En la mitología griega, los Oniros eran las diversas personificaciones de los sueños. Según Homero, vivían en las playas del extremo occidental del Océano, dentro de una caverna del Erebo, donde las nieblas rodeaban los bordes del mundo. Ellos les enviaban sueños a los mortales, desde una de las dos puertas allí situadas: los sueños auténticos surgían de una puerta hecha de cuerno, mientras que los falsos se abrían paso a través de una puerta de marfil”.
“Aunque Hesíodo los creía hijos de Nix, otros los consideraban paridos por Erebo o por Gea. Ovidio, quien también se ocupó del asunto, los consideraba hijos de Hipnos. Ellos eran Morfeo, Iquelo y Fantaso”.
Al llegar a ese punto, cerré el libro y me quedé meditando en los sucesos que a continuación relato.
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“Fuimos con Aurore a la exposición de André Sebastian, quien nos invitó a tomar unas copas a su departamento, cerca de L´Etoile. A modo de trío, tuvimos intimidad, pero él no se derramó dentro de mí sino que lo hizo en mis muslos” -- aclaró Julie, como si le estuviera comentando una nimiedad a su peluquera. Entonces, en medio de una angustia espantosa, contrariado por los celos, di la media vuelta, y sin decir una palabra me alejé de ella”.
-- Segundos después desperté de ese mal sueño. Aún hoy me sobresalta el recordarlo.
Así concluyó Alphonse Berthelot el relato de aquella ensoñación lujuriosa, de la cual su esposa y una amiga habían sido las osadas protagonistas. La cosa, de por sí banal, no merecería la menor atención de no ser por un detalle: Alphonse pasaba por ser uno de los más célebres especialistas en la fisiología del sueño y su interpretación psicológica, en el sentido que le daba Carl Gustav Jung, es decir que los símbolos oníricos serían transmisores de mensajes instintivos, a las áreas racionales de la mente humana, por lo cual resulta necesario interpretarlos para comprender el lenguaje de los instintos
Gran estudioso de la obra de W. Charles Dement, Alphonse había dado varias veces la vuelta al mundo ofreciendo conferencias que habrían hecho palidecer al mismísimo Artemidoro, reputado en la antigua Grecia como grande autoridad en esa materia. De allí mi sorpresa, ante su interés por compartir conmigo ese nocturno sucedido. Al rato, cuando nos despedimos, además de mis problemas personales, advertí que cargaba en mi espíritu la atribulada noche de mi amigo. Así como Atlas fue condenado a sostener las columnas del cielo sobre sus hombros, mi naturaleza me castigaba a soportar los problemas del mundo como propios.
Lo cierto es que allá como a la semana, nos reunimos para almorzar en La Coupole, y sin preámbulos Alphonse retomó el tema de aquel sueño. Había algo en el tono de su voz, en el fulgor de sus pupilas, que me hicieron pensar en un poseído por la monomanía. Traté de serenarlo, creyendo equivocadamente que el estudio excesivo estaría alterando sus nervios. Recuerdo que de regreso, caminamos hacia el bulevar Raspail y nos despedimos junto a la estatua de Balzac. En broma le insinué que estaba trabajando en demasía, como el ilustre escritor que nos miraba desde el bronce y que no era cosa de morir en el intento, justo antes de cumplir los 50. Pero bromas aparte, mi enfermiza preocupación por el cariz de los acontecimientos iba en aumento.
Los primeros días de abril lo volví a ver, cuando presentó su libro “El inframundo de los sueños” editado por Gallimard. Allí, en medio del gentío, pudimos conversar unos minutos y una vez más comentó sus pesares por aquel sueño desdichado.
--Me estoy ocupando del asunto y creéme, es mucho más revelador de lo que te imaginás. --- Dijo con actitud recelosa.
Sonreí por la ocurrencia, pero me embargaba un oscuro presagio. Días después partí hacia Nimes, para controlar las obras de conservación del anfiteatro romano. Ínterin, regresaba a Paris en viajes relámpago y al ser absorbido por los requerimientos familiares, casi no me encontré con mis conocidos. Más precisamente, afirmo que evité todo contacto con Alphonse para no agravar mi neurosis obsesiva.
Si cabe el término, diré que mi salud estaba quebrantada y ante la inminencia del verano, mi mujer me recordó la necesidad de tomar unas vacaciones. A qué negarlo, ella estaba harta de mis altibajos, pues yo arrastraba una sempiterna retahíla de angustias. Algunas consultas con la agencia de viaje y montones de deliberaciones domésticas determinaron que partiríamos con destino a Nápoles y la costa Amalfitana.
Poco antes del viaje, desbordada mi ansiedad, lo llamé a Alphonse para invitarlo a almorzar y así conversar un poco. Al verlo ingresar al restaurante, su aspecto llamó mi atención. Se mostraba algo desalineado, con el paso cansino y la mirada inquieta. Al poco comenzó a relatar las cosas que le habían sucedido, naturalmente relacionadas con su desvarío onírico.
---Desde hace un tiempo no tengo paz en el alma. ---Afirmó.
--- ¿Que es lo que te sucede? ---Le pregunté.
---Recordarás el sueño que tuve. Pues bien, impulsado por una fuerza recóndita inicié una discreta vigilancia de mi esposa.
--- ¿Qué estás diciendo, Alphonse? ---exclamé.
---Lo que oís. Comencé a seguirla y a los pocos días surgió la concordancia entre lo soñado y lo descubierto. Una o dos veces por semana, sola o con Aurore, caminaba hasta la rue Chalgrin, cerca de la Avenida Foch e ingresaba a uno de los departamentos, donde supe que vivía el pintor Sebastian. Dado el cariz que tomaban las cosas, contraté a un detective privado, el cual, al cabo de dos semanas, me presentó las pruebas irrefutables del affaire amoroso de mi esposa.
Yo escuchaba estupefacto. Traté de calmarlo y de calmarme, abusando de los consuelos imaginarios que ofrecen los lugares comunes.
---Alphonse, ---le dije--- si te interesa sostener el vínculo con Julie, deberías comprender que a veces, en ellas y en nosotros, hay necesidad de un cambio de aire…todo pasará, ya lo verás.
--- ¡Al diablo con esa filosofía, yo esto no puedo ni quiero comprenderlo! ---Respondió iracundo.
Cuando nos despedimos, tuve la certeza que las cosas de mi amigo iban por mal camino. Y yo lo seguía de cerca, pues no andaba mucho mejor, dada mi crispación ante los arcanos de mi existencia y la del prójimo. Acaso por ese motivo no la pasé bien en Italia. Pensaba y repensaba en las derivaciones del sueño de Alphonse.
Principiaba el otoño cuando lo visité en su estudio de la rue Mercadet. Salimos a caminar y al sentarnos en un banco del parque, el hombre se sinceró una vez más.
---Toda esta cuestión de la infidelidad de Julie me tiene a maltraer. En la antigüedad clásica, los sueños eran entendidos como revelaciones divinas o demoníacas, y podían revelar el porvenir del sujeto que soñaba. Hasta hoy día, ese concepto se ajusta a la verdad. Lo digo por experiencia propia.
---Alphonse, creo que exagerás. Estás agotado. Yo debo partir a Buenos Aires, donde estaré un par de semanas. ¿Por qué no me acompañás? Pasearíamos y compartiríamos buenos momentos con mi familia y los viejos amigos.
---Imposible, --me dijo. ---Estoy en medio de compromisos ineludibles.
Su voz expresaba sentimientos siniestros.
---Además, anoche soñé que en medio de una discusión, preso de una violenta emoción, le disparaba tres tiros a Julie. Te imaginarás que esas no son cosas para soslayar…
Un frío glacial me recorrió la espalda. Al despedirnos tuve la convicción de que Alphonse necesitaba ayuda psicológica y se lo expresé.
--- ¿Por qué no consultas a un profesional que te aconseje en este trance? Te puedo dar el teléfono del que a mi me trata.
Hizo una mueca triste, me abrazó y se alejó. Yo quedé desconcertado.
Días después, mirando las aguas turbias del Río de la Plata o al escuchar unos tangos en alguna milonga de Buenos Aires, no lograba, por más que me lo proponía, sacarme de la cabeza los devaneos de Alphonse. Estaba persuadido que sus cuitas de amor lo arrastrarían al abismo y en mi fuero íntimo, temía un asesinato o algo por el estilo. Lo llamé por teléfono un par de veces pero nadie contestó, lo cual incrementó mi desasosiego. No veía la hora de retornar a Paris para conocer el desenlace de tan intrincados eventos.
Arribé la víspera de Nochebuena. Después de varios intentos logré comunicarme con Alphonse. Noté en su voz un tono inusual. Me hizo saber que las cartas estaban echadas. Sus palabras, como las de César, fueron latinas: Alea jacta est.
Quedamos en vernos el segundo día del nuevo año. Me pidió que no lo llamara hasta entonces, pues decisiones de máximo interés lo requerían.
Me carcomía la intriga. Un insomnio pertinaz me ganó la mente. Sabía que muchos crímenes se cometen en la desazón anímica que provocan los balances vitales de las navidades. Leí con avidez las páginas policiales, temiendo lo peor y conté las horas y los días que mediaron hasta nuestro encuentro.
A las tres de la tarde pasé a buscarlo por su estudio. Me alarmé al encontrarlo, ya que estaba como en otro mundo. Mientras tomábamos un café lo interrogué, abrumado de ansiedad.
--- ¿Cómo andás?
Permaneció impasible, mirándome a los ojos.
--- ¿Cómo anda tu ánimo?
Cual si despertara de una siesta, me respondió:
---Mi ánimo está mucho mejor. Ya no me preocupo tanto.
Suspiré aliviado.
--- ¿Consultaste con algún psicoterapeuta?
--- No. Pero estoy francamente mejor. En dos ocasiones estuve a punto de matar a Julie, pero me contuve. La semana pasada arrojé la pistola a las aguas del Sena y opté por la diplomacia.
--- ¡Bien hecho! ---Le dije complacido.
Después, con la mirada perdida, comentó:
---No se si te enteraste que tengo nueva secretaria.
Lo miré extrañado.
---Se llama Cèline, es un primor, tiene 24 años y unas ganas locas de aprender todo lo que concierne a mi especialidad. Nos reunimos en su departamento dos veces por semana. Tiene unos senos maravillosos, vive encelada, deseosa de ser poseída y en la intimidad es un portento. Ahora no hago otra cosa que soñar con ella, despierto y dormido.
Poco después se marchó con andar feliz y al verlo alejarse, cavilé en los vaivenes de las emociones humanas. Allí, solo en ese banco, permanecí ensimismado. Imaginé las escenas sexuales de Julie y Aurora con el pintor Sebastian, los maravillosos senos de Cèline, su celo perpetuo y su intimidad portentosa.
Por primera vez en semanas me sentí relajado. Desde entonces tuve claros deseos de informarme sobre la oniromancia.
---“¡Que hemos de hacerle!, me dije mientras suspiraba, ---al fin y al cabo, no es tan malo tener sueños, aunque sean ajenos. Lo digo yo, que al despertar, no recuerdo ni mis pesadillas…”

