miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA DONACIÓN DE CONSTANTINO

                                                     Atque in inferno inferiori concrematus,
                                                     cum diabolo et omnibus deficiat impiis.



Pipino precisaba el reconocimiento de la iglesia para obtener la investidura real. El papa necesitaba del poder militar de los francos, para consolidar su reinado temporal en Italia.
El 28 de Julio del año 754, se legitimó la usurpación de la dinastía Merovingia establecida por Clovis. Aquel día domingo, en la abadía de Saint Dennis, el papa Esteban II consagró a Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel y mayordomo palatino, como Rey de los Francos y Patricius Romanorum. Sus hijos Carlomán y Carlos, también fueron consagrados en la misma ceremonia, al igual que su madre Berta. El papa estableció de tal modo una continuidad entre la antigua unción de los reyes bíblicos y el nuevo rey Carolingio, al arrogarse la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra. Como contrapartida, el advenedizo se comprometía con el vicario de Cristo a intervenir en los asuntos italianos.
En esa inteligencia, Pipino cruzó los Alpes con su ejército, conquistó vastas regiones controladas por los Longobardos y las cedió al papado. Corría el año 756 DC y por esa alta trapisonda, la ciudad de Roma y la Italia occidental se constituyeron en los Estados pontificios.
Cuando siglos después, fue preciso justificar aquella innovación jurídica de Pipino y Esteban II, razón por la cual se recurrió al manido método medieval de fraguar un documento que retrotrajese en el tiempo la situación que se daba en el presente. Este fue el nacimiento del documento que ha pasado a la historia como la Donatio Constantini.
Constantino, en el año 324 derrotó a su colega Licinius y se convirtió en el único emperador del Imperio Romano de Oriente y Occidente.
Gustaba afirmar que su victoria en la batalla del Puente Milviano, de acuerdo a la lógica militar, le hubiera correspondido a su enemigo Magentius, pero debido a la adhesión a la fé cristiana, el triunfo fue suyo. Entonces se inició la edad de oro del papado. La religión se unió al poder imperial para desplazar a los otros credos. Finalmente en el 395 el emperador canceló la libertad religiosa en el Imperio, y la única fe permitida fue el cristianismo.
Apoyándose en ese contexto histórico, en el siglo VIII se redactó un decreto imperial apócrifo, atribuido a Constantino I, por el cual les donaba al papa Silvestre I y a sus sucesores la ciudad de Roma, las provincias de Italia y todo el Imperio Romano de Occidente.
Durante varios siglos, la autenticidad de la Donación de Constantino fue incuestionable, hasta que en el año 1440, el humanista Lorenzo Valla publicó la Declamitio de falso credita et ementia donatione Constantini, donde afirmaba que todo el documento imperial era un fraude y que estaba fundado en una serie de anacronismos históricos. Por caso, el edicto mencionaba a Bizancio como una provincia, cuando en el siglo IV era apenas una ciudad. Además refería templos romanos aún inexistentes y cosas por el estilo.
La denuncia de Valla demolía el pilar que sostenía la legitimidad de los Estados Papales y por ello sus escritos fueron reprimidos. Recién en el año 1517 pudieron aparecer en Alemania algunas copias de sus escritos. No obstante, aunque las pruebas eran contundentes, pasaron varios siglos antes que la iglesia reconociera su engaño.
Estos fueron los antecedentes en los cuales estribó el episodio protagonizado por el arquitecto Lucien Savarin, Restaurador en Jefe de la Oficina del Patrimonio Cultural Francés, cuyos detalles transcribo parcialmente, para ilustrar a los lectores de habla castellana sobre el asunto, según los publicara el eminente hombre en colaboración con René Betancourt, en el Nº 328, Pág. 9 de la Revista Arqueológica Europea.

“En ejercicio de mis funciones fui llamado a la vieja Abadía de Saint Denis, después Basílica -- donde están enterrados casi todos los reyes de Francia-- para emitir opinión sobre las posibles modalidades de restauración del sepulcro de Dagoberto I, el último gran rey merovingio entre 629 y 639, luego sucedido por los llamados “reyes holgazanes”.
La tumba estaba gravemente dañada, tanto por la enfermedad de la piedra caliza como por las excavaciones del año 1839 y algunas malas reparaciones de siglos anteriores.
Milagrosamente el núcleo de la tumba había escapado a los ultrajes de la Revolución, pero no a los del tiempo.
Una vez que medité el asunto, elevé a la superioridad el proyecto, el cual fue autorizado en tiempo y forma para llevar adelante las obras requeridas.
Los trabajos principiaron en Mayo de 1953. Debajo la losa sepulcral se hallaba el sarcófago de pórfido con los despojos del monarca. No hubo mayores contratiempos hasta que la base de una de las dos torrecillas laterales, cedió, amenazando derrumbarse. Fue preciso apuntalarla, consolidarla y nivelarla. Al excavar sus fundamentos, a unos sesenta centímetros de profundidad, apareció una caja de mármol de 45x30 centímetros que alojaba en su interior un cilindro de bronce con una cruz dorada en su tapa, el cual contenía un rollo de pergamino en buen estado de conservación, con legible y prolija escritura latina, que inmediatamente fue puesto a buen recaudo y posteriormente entregado al distinguido Profesor René Betancourt para su estudio.
Luego de escrupulosos análisis, Betancourt arribó a la conclusión que el manuscrito era obra del monje benedictino Teobaldo de Troyes, bibliotecario de la abadía de Saint Dennis y celebrado copista.
El texto afirmaba que Teobaldo, a sus 56 años, estaba abrumado por la culpa de haber cometido un pecado imperdonable. Relataba que en el año 789, compelido por el abad Saurès, debió redactar un pseudo decreto imperial del siglo IV, que según las palabras del superior “Multiplicaría el vigor de la iglesia para la gloria de Dios”. Afirmaba que para fraguarlo había utilizado el palimpsesto de una antiquísima escritura pagana y daba precisos detalles de cada uno de los veinte párrafos que constituían el edicto. Aseguraba estar abatido por la certidumbre de haber perdido su alma y que en la imposibilidad de lavar tales culpas hacía lo único que sabía: Escribir en íntima confesión su arrepentimiento, con la esperanza de ser perdonado por el Altísimo".


                                                                            Paris, marzo 9 de 1954.



Nota del Editor:

Lucien Savarin dejó claro testimonio de haber soportado innúmeras presiones para que el documento hallado no fuera difundido. Algunos de quienes detentaban ya el poder temporal ya el secular, consideraban que la abadía de Saint Dennis, gloria de la Cristiandad, cuyo estandarte --- el “Oriflamme”-- fuera divisa de los reyes de Francia y en cuya tierra sagrada descansaban 38 de ellos, no merecía el ultraje de tales revelaciones.
En su calidad de libre pensador, Savarin resistió intrigas y amenazas, fue despojado de su cargo y pese a todo llevó adelante, con la colaboración de su amigo Betancourt, lo que el consideraba un deber irrenunciable: “Rendir tributo a la verdad y a los hombres como Lorenzo Valla, que se rebelaron contra el despotismo inmoral de la iglesia, arrojando un rayo de luz sobre sus innobles manejos”.
Savarin falleció en un accidente automovilístico, en las afueras de Orléans en Julio de 1954 sin que las causas del mismo fueran razonablemente aclaradas.
René Betancourt murió en Paris, en Septiembre de 1954. Según se desprende del informe policial: “Fue baleado tras resistirse a un robo en la rue Condorcet”. Los responsables del crimen no se identificaron y la investigación del caso quedó archivada.
El documento de Teobaldo de Troyes, hallado en la tumba de Dagoberto I, ya no se encuentra en los Archivos Nacionales y nada se sabe de él.

martes, 14 de diciembre de 2010

VIENTOS DE FRONDA



La expresión del título debe su origen al vocablo francés Fronde (honda), aludiendo a las peleas con hondas de las masas descontentas de París con las autoridades que intentaban reprimirlas. Se extiende a toda revuelta o protesta que excede los márgenes previstos.
El viento de Fronda es siempre una alerta de gravedad, pero lo es más aún, cuando el gobierno de turno está atravesado por la perplejidad, la intriga, las conspiraciones de camarillas ministeriales y la ausencia de políticas nobles, fuere por impericia, por imprudencia o por negligencia.
Hacían bien los funcionarios veletas, únicos beneficiarios del régimen K, en llorar la muerte de Néstor Kirchner. Anticipaban, acaso sin saberlo, estos vientos que titulan la nota. Faltos del artífice de esta política demagógica, teñida de corrupción, violencia y despotismo, quedaron a la intemperie sus testaferros, apenas útiles para los negociados o para emular el rol del mandante, a quien en el fondo representaban.
Ahora estamos los argentinos, en un barco sin timón. O lo que es peor, en un barco en el que muchos se disputan el timón. De ahí la anarquía y las enormes contradicciones en la mera definición del problema.
Asistimos a la deserción de la fuerza pública para salvaguardar el imperio de la ley.
La falaz distribución del ingreso, el declamado respeto por los derechos humanos y toda la retórica de quienes pretendían tapar el sol con un harnero ha mostrado su espantosa presencia. La verdad siempre surge. Ahí están los pobres de toda pobreza, ahí están los tiempos perdidos y los dineros malgastados, olvidando las soluciones de fondo para los graves problemas argentinos.
Vivimos tiempos de anarquía y confusión, presente en los que mandan y deben hacer cumplir las leyes como en aquellos que no las obedecen.
La historia refiere que cuando llegó a Paris la noticia de la trágica retirada de Napoleón de Rusia, alguien le dijo a Talleyrand: “Es el fin” y el gran diplomático le respondió: “No es el fin... Es el principio del fin”
Puede que asistamos al principio del fin de una época nefasta, plena de mentiras, desaciertos y daño profundo a las instituciones.
El punto final acaso lo pondrá el pueblo argentino.

viernes, 10 de diciembre de 2010

LA DEMAGOGIA AL SERVICIO DE FINES INCONFESABLES

                                                            



A nadie se le ocurriría dejar las puertas de su casa abiertas de par en par, para que los que pasan hagan lo que quieran dentro de ella. Y si hubiere quien ejerciera tamaño dislate, su acción revelaría una insanía que justificaría una visita al hospital neuropsiquiátrico más cercano.
Estas conductas que serían alarmantes en lo privado se tornan repugnantes cuando son públicas, es decir cuando son deliberadamente establecidas como políticas nacionales por parte de quienes tienen el sagrado deber de velar por a integridad de los bienes, la seguridad de sus ciudadanos y la correcta administración de sus recursos.
Tales son los hechos que en el presente sublevan a cualquier ciudadano. Me refiero a la ocupación del Parque Indoamericano, culminación de un sinnúmero de acciones similares.
Un espacio público, es un espacio acomodado para el bien común, de gran importancia ambiental como es el caso del Parque Indoamericano que acaba de ser ocupado, desalojado y vuelto a ocupar por quienes despreciando las normas de convivencia civilizada, consideran que por el simple hecho de necesitar una vivienda, pueden instalarse donde se les ocurra.
¿Quién no necesita o no ha necesitado un techo? Pero eso no significa que los millones de argentinos que nos hemos esforzado, desde hace varias generaciones para obtener una vivienda, aceptemos que una necesidad justifica un desmán.
Muchos de los intrusos eran extranjeros. Curiosa mutación la de estos inmigrantes respecto de aquellos que llegaron otrora buscando trabajo para sus manos y un porvenir para sus hijos, dentro del marco de las leyes y la convivencia civilizada.
Esta tierra, que siempre fue hospitalaria para los inmigrantes y con ellos cimentó su grandeza, al punto que Octavio Paz afirmó con justeza "Que los argentinos descendemos de los barcos" (y a mucha honra, añadiría yo) no merece políticas improvisadas en esta materia.
Bienvenidos quienes llegan para ensanchar el bien propio y el común. Pero en este punto es deseable separar la paja del trigo. Deseables son los hombres y mujeres de bien. Los de mal serán indeseables.
El territorio nacional es campo fértil para la usurpación. Falto de radares que vigilen nuestro espacio aéreo, Argentina es una gran pista de aterrizaje para los aviones ilegales. Falto de controles fronterizos computarizados en tiempo real, ya no somos un país de puertas abiertas, como antaño, sino uno sin puertas, lo cual es grave.
En mayo del año en curso el Gobierno reglamentó la Ley de Migraciones N° 25.871 afirmando que Argentina "ha reformulado los objetivos de su política migratoria, en un marco de integración regional latinoamericana y de respeto a los derechos humanos y movilidad de los migrantes, lo que genera un compromiso cada vez mayor de cooperación mutua entre los diversos estados parte del Mercosur". De su lectura se advierte que el marco legal promueve "la integración en la sociedad argentina de las personas que hayan sido admitidas como residentes y el reconocimiento efectivo hacia las personas extranjeras del arraigo en el territorio nacional".
Cualquier estado que se precie de respetar a sus ciudadanos, de vigilar sus accesos internacionales y cuidar el inteligente aprovechamiento de los recursos, siempre escasos, para bien de la propia población, rechazaría una política de ciudades abiertas a cualquier oportunista. 
Sentido común y capacidad de conducción alcanzan para revertir el actual estado de cosas.
Sin embargo en esta Argentina de hoy, nuestros niños mueren de hambre, nuestros jubilados sobreviven con mendrugos y la gente del común vive como en la selva, mientras los que mandan argumentan, con falacia, que velan por los derechos humanos y el bienestar de los mas humildes.
¿Que fines inconfesables persiguen con estas mentiras ?
¿Es esto casual o es el resultado de una política tendiente a postrar a un país aturdido?
De no ponerle rápido fin a estas y otras negligencias, se avecinan tiempos de horror. Las hordas bárbaras, los delincuentes y las mafias de narcotraficantes  serán amos y señores de una sociedad inerme.
¡Argentinos a las cosas! Dijo el filósofo español Ortega y Gasset hace muchos años, advirtiendo nuestra indolencia ciega. La admonición del gran hombre sigue vigente.