viernes, 10 de diciembre de 2010

LA DEMAGOGIA AL SERVICIO DE FINES INCONFESABLES

                                                            



A nadie se le ocurriría dejar las puertas de su casa abiertas de par en par, para que los que pasan hagan lo que quieran dentro de ella. Y si hubiere quien ejerciera tamaño dislate, su acción revelaría una insanía que justificaría una visita al hospital neuropsiquiátrico más cercano.
Estas conductas que serían alarmantes en lo privado se tornan repugnantes cuando son públicas, es decir cuando son deliberadamente establecidas como políticas nacionales por parte de quienes tienen el sagrado deber de velar por a integridad de los bienes, la seguridad de sus ciudadanos y la correcta administración de sus recursos.
Tales son los hechos que en el presente sublevan a cualquier ciudadano. Me refiero a la ocupación del Parque Indoamericano, culminación de un sinnúmero de acciones similares.
Un espacio público, es un espacio acomodado para el bien común, de gran importancia ambiental como es el caso del Parque Indoamericano que acaba de ser ocupado, desalojado y vuelto a ocupar por quienes despreciando las normas de convivencia civilizada, consideran que por el simple hecho de necesitar una vivienda, pueden instalarse donde se les ocurra.
¿Quién no necesita o no ha necesitado un techo? Pero eso no significa que los millones de argentinos que nos hemos esforzado, desde hace varias generaciones para obtener una vivienda, aceptemos que una necesidad justifica un desmán.
Muchos de los intrusos eran extranjeros. Curiosa mutación la de estos inmigrantes respecto de aquellos que llegaron otrora buscando trabajo para sus manos y un porvenir para sus hijos, dentro del marco de las leyes y la convivencia civilizada.
Esta tierra, que siempre fue hospitalaria para los inmigrantes y con ellos cimentó su grandeza, al punto que Octavio Paz afirmó con justeza "Que los argentinos descendemos de los barcos" (y a mucha honra, añadiría yo) no merece políticas improvisadas en esta materia.
Bienvenidos quienes llegan para ensanchar el bien propio y el común. Pero en este punto es deseable separar la paja del trigo. Deseables son los hombres y mujeres de bien. Los de mal serán indeseables.
El territorio nacional es campo fértil para la usurpación. Falto de radares que vigilen nuestro espacio aéreo, Argentina es una gran pista de aterrizaje para los aviones ilegales. Falto de controles fronterizos computarizados en tiempo real, ya no somos un país de puertas abiertas, como antaño, sino uno sin puertas, lo cual es grave.
En mayo del año en curso el Gobierno reglamentó la Ley de Migraciones N° 25.871 afirmando que Argentina "ha reformulado los objetivos de su política migratoria, en un marco de integración regional latinoamericana y de respeto a los derechos humanos y movilidad de los migrantes, lo que genera un compromiso cada vez mayor de cooperación mutua entre los diversos estados parte del Mercosur". De su lectura se advierte que el marco legal promueve "la integración en la sociedad argentina de las personas que hayan sido admitidas como residentes y el reconocimiento efectivo hacia las personas extranjeras del arraigo en el territorio nacional".
Cualquier estado que se precie de respetar a sus ciudadanos, de vigilar sus accesos internacionales y cuidar el inteligente aprovechamiento de los recursos, siempre escasos, para bien de la propia población, rechazaría una política de ciudades abiertas a cualquier oportunista. 
Sentido común y capacidad de conducción alcanzan para revertir el actual estado de cosas.
Sin embargo en esta Argentina de hoy, nuestros niños mueren de hambre, nuestros jubilados sobreviven con mendrugos y la gente del común vive como en la selva, mientras los que mandan argumentan, con falacia, que velan por los derechos humanos y el bienestar de los mas humildes.
¿Que fines inconfesables persiguen con estas mentiras ?
¿Es esto casual o es el resultado de una política tendiente a postrar a un país aturdido?
De no ponerle rápido fin a estas y otras negligencias, se avecinan tiempos de horror. Las hordas bárbaras, los delincuentes y las mafias de narcotraficantes  serán amos y señores de una sociedad inerme.
¡Argentinos a las cosas! Dijo el filósofo español Ortega y Gasset hace muchos años, advirtiendo nuestra indolencia ciega. La admonición del gran hombre sigue vigente.