martes, 18 de mayo de 2010

DOCE HAIKU

El Haiku es una poética japonesa, conformada por 17 sílabas, contenidas en 3 versos según la pauta silábica: 5-7-5, de poderosa contundencia emotiva, aunque sin tener en cuenta la rima.
Matsuo Bashoo y Onitsura en el siglo XVII, Chiyo y Taniguchi Buson en el siglo XVIII, Issa Kobayashi y Masaoka Shiki en el XIX, fueron los exponentes máximos del género.
En el siglo XX el Haiku empezó a interesar a los poetas de occidente.
Jorge Luís Borges, excepcional en su literatura, es de los pocos que en el Río de la Plata nos ha legado un puñado memorable de ellos.
Buen ejemplo, que modestamente sigo...


DOCE HAIKU

Los niños duermen
en las frías callejas.
¿Y los dioses? ¡No!

¿Por qué te quise?
¿Por vana curiosidad
del dolor sin fin?

Celos y dagas...
Sangre que se derrama.
La mujer duerme.

La bomba cae
Y el horror de la guerra
nunca se acaba.

Un poco de oro...
Despierta la codicia:
Habemus Papa.

En el otoño
puntual de la existencia,
los hombres caen.

Abandonarlo
todo, sin mirar atrás:
¡Sabiduría!

La musa sale...
¿Quién sabe si regresa?
Temor de artista.

Pena perpetua
de ser y no ser nada.
Irremediable...

¿Qué es la dicha?
¿Un sueño, una ilusión?
¿O andar sin pensar?

Gozar la vida
y gozarla en libertad...
¡No es poca cosa!

Tener amigos...
Es toda la riqueza
a la que aspiro.

lunes, 10 de mayo de 2010

SI LOS PUEBLOS NO SE ILUSTRAN...

SI LOS PUEBLOS NO SE ILUSTRAN...

Atrás quedó aquel país que, encolumnado tras la idea Sarmientina de educar al soberano, centró su acción de gobierno en la educación universal, considerada como herramienta de progreso, tendiente a homogeneizar la población criolla y la inmigratoria, que a fines del siglo XIX, llegaban a estas tierras que creían de promisión. Muchos regresaron a sus patrias lejanas y los que quedaron arraigaron y, como árboles colosales, fueron pródigos en frutos.

Sin embargo, las generaciones posteriores advertimos que Argentina ya no es aquella tierra generosa. Decenios de egoísmo, mediocridad y objetivos inconfesables en la conducción de los gobiernos, nos postergaron, conformando este ordenamiento social que expulsa, excluye y mata a sus hijos.

Demagogia, corrupción, ineptitud en los de arriba. Dolor, violencia y frustración en los de abajo, son las realidades que emergen hoy en día. Realidades que José Hernández le hacía denunciar a Martín Fierro:

Tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo,

o hasta que venga un criollo

en esta tierra a mandar

Acaso vivimos tiempos de cambios, propicios para abrevar en el pensamiento de los grandes hombres de la historia. Ellos perduran puesto que aún resuena su voz en los oídos contemporáneos.

¿No sería útil que aquellos que obedecen, y aquellos que mandan o mandarán, recordaran los valiosos apotegmas de Mariano Moreno?

Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada uno no conoce lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos sin destruir jamás la tiranía

“El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.

lunes, 1 de marzo de 2010

LA DROGA DEL AMOR (Cuento)



En las postrimerías del segundo milenio los seres humanos habían desarrollado una serie de ingeniosos aparatos, denominados ordenadores o computadoras, que permitían efectuar una serie de operaciones que agilizaron enormemente los procesos de cálculo, información y comunicación.
Un siglo después, los progresos científicos acaecidos en el campo de la cibernética fueron considerables. Aquella rama del conocimiento que Platón denominara kybernetes, o arte de gobernar (hombres o navíos) había avanzado hasta límites insospechados. Resultó ser una valiosa herramienta para el impulso de la investigación científica.
Estaba escrito que sería en París, ciudad asociada al amor romántico desde tiempos inmemoriales, donde Serge Debran, investigador de la Universidad de La Sorbonne, perfeccionaría el llamado Neurógrafo de Splitz, al punto de permitirle estudiar, como nunca antes se hizo, los denominados neurotransmisores, responsables de la comunicación neuronal y de cuyo equilibrio o desequilibrio, dependen las emociones humanas.
Según relató en sus memorias, influenciado por un estremecedor romance que había trabado con su secretaria, comenzó a analizar el funcionamiento de su propio cerebro, por entonces sometido a las inclemencias de Cupido. En su laboratorio acostumbraba escuchar una antigua melodía proveniente del Río de la Plata, llamada “Tu diagnóstico”, cantada por un francés afincado en aquellas orillas y recordaba que fue inspiradora para sus célebres hallazgos.
--Estoy próximo a un descubrimiento sensacional. —Le dijo una tarde a un colega.
--¿De que se trata? --Preguntó el curioso.
--Logré identificar el mecanismo de acción de varias moléculas de la química cerebral, detecté su origen y su secuencia operativa. --Respondió eufórico.
Al cabo de dos meses, sorprendido por los hallazgos, Debran extendió el estudio a un universo poblacional más amplio, lo cual le permitió, más tarde, elaborar su célebre teoría, denominada Chimie de l´amourette, que en nuestro idioma vendría a significar Química del amorío.
En una de sus famosas publicaciones, Debran afirmó haber fundado sus trabajos en las antiguas observaciones de los psicólogos acerca de la sobrevaloración e idealización del objeto amado; y en los estudios de los neurobiólogos de Massachussets y Heidelberg, en torno a la ocitocina y algunas catecolaminas, y su acción sobre el lóbulo frontal.
Su originalidad consistió en detectar y cuantificar las concentraciones de pequeños neurotransmisores moleculares, en individuos inmersos en la sensación amorosa y relacionar las similitudes de acción registradas en trastornos tales como la bipolaridad, los estados obsesivos compulsivos, la depresión y diversas alteraciones del humor.
Pero, a mi modo ver, lo más interesante de su tarea fue la síntesis de unas moléculas que él denominó Reguladores anímicos, y que en dosis apropiadas mitigaban los trastornos de la personalidad, como también los síntomas de imbecilidad transitoria y desasosiego profundo, tan comúnmente advertidos en la fase del enamoramiento.
Como a menudo sucede, cuando se divulgaron sus hallazgos, fue criticado y anatemizado por sucesivas oleadas de mediocridades furibundas, quienes lo acusaron de ser un exterminador de sentimientos y de propender a una humanidad desprovista de los valores fundamentales del amor.
--Jamás intentaría eso, --respondió Debran en un difundido debate. –Cuando expliqué la química precisa de algunos comportamientos, solo pretendí arrojar un haz de luz sobre el misterio de ciertas emociones. No son más que alteraciones de reguladores neurofisiológicos que aseguran el contacto con la realidad y su aptitud crítica, desde el lóbulo frontal del cerebro.
De nada valieron los argumentos de la razón. Debran prosiguió, aislado y en silencio, con sus investigaciones, acaso imaginando que de poder invertir los términos del hallazgo, su obra maestra aún estaba por venir. Infirió que si el prójimo no deseaba suprimir los males del amorío, entonces debería obtenerlos al por mayor.
En Septiembre de 2214 sintetizó la Erotonina. En la publicación científica que detallaba este acontecimiento, reveló que en dosis adecuadas, el fármaco provocaba estados de ánimo idénticos a los del enamoramiento. Concluía, acaso con ironía, que considerando la grande importancia que tales emociones tenían en el inconciente colectivo, desde ese momento estaban a disposición de todos.
Sin embargo, su genio continuaba generando polémicas.
--“¿De qué me acusan? --Preguntó en el celebrado reportaje publicado por La Humanité, en el cual desmoronaba los argumentos de sus enemigos y les restregaba el placer de haberles devuelto, en forma de píldoras, ese sueño que tanto anhelaban y que hacia tanto habían perdido. Señaló, con su habitual humor ácido, que salvo unos poquísimos humanos dotados de genio o talento, que plasmarían en sus obras de arte los frutos de tan curioso estado, el resto de los mortales, tan solo podrían reverdecer viejos laureles, dejando atrás el hastío de vínculos oxidados, la decrepitud de los afectos, la exacta visión de sus mediocres y devaluadas parejas, tan cínicamente toleradas; recuperando con la Erotonina los altibajos de la pasión. El medicamento de Debran pronto pasó a ser más vendido que la aspirina.
Hacia el final de su vida, rico y famoso, Debran era un hombre decepcionado de la naturaleza humana. Falleció en Abril de 2121, y sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse.
Uno de sus discípulos, Samuel Jacob, avanzó en el estudio de los trabajos del maestro y en colaboración con el economista inglés Madox Lynn, advirtieron que los efectos de la Erotonina se extendían más allá de lo imaginado. Los indicadores de productividad e innovación tecnológico-científica, disminuían, lenta e inexorablemente, en relación directa al consumo de Erotonina, mundialmente comercializada por un laboratorio suizo.
¡Aquella fue una revelación extraordinaria!
Por espacio de un año, el Parlamento Europeo, el Congreso de USA, los rusos, los chinos y hasta los hindúes, se ocuparon febrilmente del tema.
Luego, la comunidad internacional sancionó leyes severas y retiró la Erotonina del mercado, procediendo a su execración urbi et orbi. Las tres religiones monoteístas apoyaron la iniciativa. Todos mintieron, asegurando que la llamada droga del amor, tenía propiedades cancerígenas.
En la intimidad del poder se sabía que la marcha de los buenos negocios era incompatible con los estados contemplativos que la Erotonina provocaba. En estado natural, el enamoramiento afecta a una minúscula parte de la población, durante un cierto tiempo. El horror de la Erotonina consistía en que enamoraba a todos durante casi todo el tiempo.
Con la prohibición se revirtió la tendencia declinante de los negocios y se normalizaron las cifras de la macro y la micro economía. La lógica del mercado reinstaló la idea que los pensadores antiguos sostenían: "El amor, en su primera fase, es un estado que provoca embotamiento y necedad excesivas, estado que la cabeza no soporta durante mucho tiempo”.
Indirectamente, no hacían más que darle razón al vituperado Debrán, quien acaso en el otro mundo saboreó los frutos tardíos de la venganza.
Aquellos que mandaban en la tierra, entendieron la necesidad de retrotraer la alienación y la estupidez humana a valores funcionales, es decir a los límites precisos e imprescindibles para la continuidad de los asuntos planetarios, con sus industrias, sus guerras y sus ideologías, adecuadamente incorporadas a la vida cotidiana. Cien años después de los descubrimientos de Debrán, el asunto estaba olvidado. La perniciosa influencia de la Chimie de l´amourette estaba definitivamente sepultada.
Las oquedades iluminadas por el científico francés, recuperaron su milenaria oscuridad. Hacia el año 2250 estaba reinstalada la miopía de los viejos tiempos y los sofistas explicaban los misterios del amor como provenientes de ignotas vibraciones del alma, tan bien cantadas por poetas y romanceros de toda laya.
Personalmente, después de estudiar en profundidad aquellos sucesos, concluyo observando que hay en la esencia de la felicidad humana infinidad de variables, la mayoría de las cuales no merecen ser develadas.


N del A: La fuente de esta crónica puede hallarse en la “Histoire de la decouverte scientifique”, de Julián Ducoeur, editada por Paris Presse, MMCCLV.


lunes, 31 de agosto de 2009

EL DILUVIO INVERTIDO

EL DILUVIO INVERTIDO
Relato breve

La tierra amaneció nublada, cubierta por densos nubarrones. Al rato nomás los relámpagos y los truenos se hicieron sentir. La lluvia insignificante al principio, pronto devino torrencial y la insidiosa profecía que algún diablo había hecho correr por el olimpo cósmico pareció cumplirse.
Diluvió cuarenta días y cuarenta noches, de abajo hacia arriba, y los cielos se inundaron. Los dioses se alarmaron al principio y se desesperaron después. Dada la ausencia de árboles no pudieron construir un arca que los salvara y cuando el agua los tapó más arriba del cogote, sucumbieron.
Pasada la tormenta, la tierra se aclaró, las aves piaron y los humanos, aquí y allá, prosiguieron con sus tareas habituales, al parecer sin deseos de inventar nuevas víctimas celestiales.

martes, 2 de junio de 2009

UN GENIO ATORMENTADO

Nikolái Gogol
1809-1852

En qué espantoso mundo vivimos, caballeros.
N.G.

Gogol vivió apenas 42 años y sin embargo, pese a la cortedad de su existencia, el legado de su obra lo ubica entre los grandes escritores rusos y entre los primeros de la literatura universal. Nació en Ucrania, de ancestros polacos, en el seno de una familia de la baja nobleza rural. A poco de cumplir los 20 años, viajó a San Petersburgo donde al no encontrar conchabo en la burocracia zarista, se empleó en la universidad como profesor de Historia.
Sus primeras publicaciones fueron exitosas, tal el caso de las Veladas en la finca de Dikanka y Mirgorod, ambos títulos del año 1832. Mirgorod, compuesto de cuatro relatos, incluye el célebre poema épico Taras Bulba. Su prosa, plena de humor, realismo e ingenio le valió fama y críticas feroces.
Destacó como dramaturgo con su comedia El Inspector general, que lo enemistó con la censura y lo habilitó para su larga estancia en Roma, donde produjo la novela Almas muertas, su obra maestra. Fue este libro modelo e inspiración para varias generaciones de escritores. En él describe de modo magistral las andadas del consejero colegial Pável Ivanovich Chichikov, truhán y estafador sin límites que se apropia de títulos de propiedad de sirvientes muertos. La calidad de su texto sitúa esta novela en los umbrales de la literatura moderna.
En 1842 publicó uno de sus relatos cortos más celebrados: El capote, que relata las peripecias de un funcionario, víctima de las injusticias tan frecuentes en la cruel sociedad rusa de esos tiempos.
Gogol, preso de obsesiones místicas, inmerso en una profunda crisis espiritual, en 1848 peregrinó a Tierra Santa en busca de respuestas que no encontró.
Al borde de la locura, poco antes de morir quemó gran cantidad de escritos, entre ellos los originales de la segunda parte de Almas muertas, acaso ensimismado en culpas delirantes por la obra realizada.
Así suele ser la vida de aquellos que ungidos por el azar con el don de crear belleza, a veces, al movilizar fuerzas y materiales extraídos de canteras situadas en las profundidades del alma humana, arrastran desde ese psiquismo oscuro, los fragmentos, inservibles por despedazados, del equilibrio y la mesura indispensable para la vida del así denominado hombre común.
Iván Turguenev, el maravilloso dramaturgo y novelista, considerado el más europeo de los escritores rusos, escribió en el obituario de la Gaceta de San Petersburgo:
“... ¡Gogol ha muerto!...
¿Qué corazón ruso no se conmociona por estas tres palabras?...
Se ha ido, el hombre que ahora tiene el derecho,
el amargo derecho que nos da la muerte, de ser llamado grande...”

Las autoridades encargadas de la censura no aprobaron este homenaje póstumo, pero Turguenev se las ingenió para publicarlo. Ello le valió al joven talento un mes de prisión y dos años de destierro. En efecto durante el despótico reinado del mediocre zar Nicolás I, el clima político de Rusia, fértil para espías e informantes de un terrorífico aparato represivo, devino agobiante para muchos, en particular para los intelectuales. Como se advierte, de lejos provenían las raíces de la hiedra opresiva del Stalinismo que tanto oprobio generara en el siglo XX. La autocracia zarista, ciega, plena de despotismo y violencia para sostenerlo, sembró cizañas que aún hoy se cosechan.
Así fueron las cosas…