martes, 25 de noviembre de 2008

SEBASTIANO DEL PIOMBO

Sebastiano del Piombo
1485-1547
Un talento florecido entre Rafael y Miguel Angel



Retrato de Cristóbal Colón


Sebastiano Luciani nació en Venezia en 1485, siete años antes que Cristóbal Colón descubriera América, y a quien siete lustros más tarde retrataría en un maravilloso óleo que se aprecia en el museo Metropolitano de New York.
Discípulo de Bellini y de Giorgione, sus primeras pinturas del período veneciano registran la influencia de aquellos maestros, el color y la serenidad de las figuras.
En 1511, invitado por el el sienés Agostino Chigi, poderoso banquero al servicio del papado, el mismo que se hiciera construir por el divino Rafael su capilla en la iglesia de Santa María del Popolo, en Roma Le encomendó entonces a Sebastiano algunos frescos de la sala denominada La loggia de Galatea, en su hermosa Villa del barrio del Trastevere, construída entre 1505 y 1511 por el arquitecto Baldasarre Peruzzi, hoy conocida como La Farnesina, al ser comprada en 1577 por el poderoso Cardenal Alejandro Farnese.
Sebastiano llegó a ser entre 1519 y 1530 el primer pintor de Roma. Los retratos sabiamente perfilados, la expresividad de rostros y manos, el suave color de los cuadros, todo en ellos resuma maestría y se denomina a la obra de esta época del período romano, donde combina la luz de la pintura Véneta con la monumentalidad por entonces de moda en la ciudad eterna. Se advierte en estas pinturas la influencia desprendida del trato y la colaboración con Rafael primero y con Miguel Angel después.
Ambos genios renacentistas valoraron su arte y por ambos fue admirado, a pesar de las desavenencias personales que luego sobrevinieron. En efecto, enemistado con Rafael primero, también en 1534 rompió relaciones con Miguel Angel, al negarse éste a pintar al óleo El Juicio Final de la Capilla Sixtina, tal como Sebastiano le había aconsejado al Papa.
Buonarroti argumentó que el óleo era una pintura para mujeres o haraganes como Sebastiano, y que el prefería el fresco. Así lo hizo para su gloria.
En 1537, Sebastiano fue premiado por una sinecura papal, sumamente codiciada y remunerativa cual era la Piombatura Pontificia, consistente en custodiar los sellos de plomo del pontífice, Piombo en italiano, de allí el sobrenombre con el cual la historia del arte lo registra hoy en día.
La seguridad y los honores del cargo apocaron su ímpetu creativo y amenguó el caudal de sus pinturas, como si la necesidad fuera un acicate para la inventiva.
Son numerosas sus obras maestras, como la Piedad de Viterbo, el Retrato de Clemente VII, el Retrato de Andrea Doria, la Resurrección de Lázaro, La Fornarina además de sus frescos diseminados en bellas capillas de Roma y Venecia.
Se fue de la vida en el año 1547.

martes, 4 de noviembre de 2008

FRANÇOIS VILLON - El primero de los poetas malditos


François Villon
Paris 1431-1463

Van los príncipes a la muerte, igual que el clérigo y el siervo. F.V.


En el año 1888, Paul Verlaine publicó en prosa poética su obra Los Poetas malditos. Honraba en ella a Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste de L´Isle Adam y Pauvre Lelian (anagrama de Paul Verlaine), y es dable conjeturar que no pensó en aquel otro poeta francés de humildísimo origen, que con cuatro siglos de antelación, era también merecedor de ese calificativo y esa honra.
Cuando se intentó rescatar del olvido a la literatura medieval, opacada por el desprecio con que la consideraron los artistas del renacimiento, François Villón apareció, indiscutido y admirado, como el único gran poeta de Francia durante esos años oscuros.
Nació como François de Montcorbier, en el año 1431, en medio de los horrores, las hambrunas y las pestes que dejaba tras de sí la Guerra de los Cien Años. Cuando contaba once años, al morir su padre, fue encomendado a los cuidados de la comunidad religiosa de Saint-Benoît le Bétourné, dirigida por el eclesiástico y doctor en derecho canónigo Guillaume de Villon, cuyo apellido adoptaría más tarde François, en reconocimiento a la ayuda que aquel le prestara. En efecto cuidó de su educación y le facilitó el ingreso a La Sorbonne para realizar estudios y obtener, en 1452, el título de Maestro en Artes. François de Montcorbier, el futuro autor del Testamento, también fue un clérigo y ocupó en la jerarquía feudal ese rango aventajado, al depender de la justicia eclesiástica (más indulgente que la justicia ordinaria) estar exento de impuestos, acceder a cargos y aspirar a modestos beneficios.
Con talento para la poesía, fue también un espíritu marginal, turbulento, indisciplinado, inclinado a la violencia, el robo y el asesinato. Frecuentador de tabernas y prostíbulos, truhán, jugador y pendenciero, se forjó una leyenda negra que le granjeó en el siglo XIX, las simpatías de los escritores del Romanticismo y prevaleció en su fama esa conducta anómala sobre la auténtica calidad de su obra, la cual, aunque de intrincada trama, está inserta en la época histórica en que la produjo, e iba dirigida por lo general a sus cómplices. Inspirada en oscuros personajes del siglo XV, es una poesía indudablemente bella.
Cuando en 1496 el poeta Clément Marot editó la obra de Villon, se la presentó al rey de Francia con estas palabras:
“Es el mejor poeta que podáis encontrar. En lo tocante al arte e ingenio de los legados de sus Testamentos, para poder apreciarlos y comprenderlos habría que haber vivido en su tiempo en París y conocido los lugares, las cosas y los hombres de que habla: cuanto más se borre el recuerdo de éstos, menos se conocerá el arte e ingenio de los legados mencionados”
Su existencia, aunque purificada por el arte, sería un continuo desatino, mató a un sacerdote en una riña, robó, fue encarcelado, luego condenado al destierro y finalmente a la horca. Al parecer su pena fue conmutada hacia el año 1461. Regresó a París en 1463 y allí su rastro se pierde para siempre.
Nos queda de su obra: El Gran y el Pequeño testamento, las baladas y otros poemas verdaderamente interesantes, cuyos títulos fueron póstumamente inventados por el citado Marot.

He aquí algunos pasajes de su pluma:

Balada de los señores de antaño

Nadie triunfa sobre la muerte,

ni la detienen los palacios.

Una pregunta me atribula:
¿Aquel rey de Bohemia, Lazlo, dónde está?
¿Dónde está su abuelo?Y más aún…
¿Dónde está el bravo Carlomagno?


Balada en vieja lengua francesa

Porque también el Santo Padre,
con armiño cubierto,
ceñido con estolas santas
con las que toma por el cuello
al diablo que maldad segrega,
muere igual que un pobre lego
al que una brisa suave lo arranca.


Balada de la Bella Armera

Creo estar oyendo quejas de la que fue la Bella Armera;
cómo quisiera aún ser joven...
Parece hablar de esta manera:
¿Por qué tan pronto me venciste,
vejez cruel y traicionera?
¿Qué me detiene a hundir el hierro
que borraría mis miserias?

lunes, 8 de septiembre de 2008

MEMORIAS de Giacomo Casanova


HISTORIA DE MI VIDA
Giacomo Casanova
1725-1798

Reiréis cuando veáis que no he tenido escrúpulos para engañar a los alocados, los granujas y los tontos cuando me era preciso. Por lo que toca a las mujeres, se trata de engaños recíprocos que no entran en la cuenta, porque cuando el amor se mete por medio, es cosa común que los unos engañen a los otros.
G. C.



Hijo de un matrimonio de actores, Giacomo Casanova nació en Venecia en 1725. Se inició como seminarista, estudio teología, filosofía y leyes en Padova. Dejó los hábitos y fue secretario de embajadores y cardenales. Atravesó incansablemente la Europa del siglo XVIII, en una insaciable búsqueda de aventuras y empleos que le procurasen dinero. Fue Francmasón, cabalista, espía, mago, soldado, músico y libretista de óperas. Ganó fortunas y las dilapidó. Acosado por la Inquisición, estuvo prisionero en la Veneciana cárcel de Los Plomos, de donde escapó de modo espectacular. Padeció a lo largo de su existencia otros encarcelamientos menores por deudas y hechicerías.
Su fama de libertino y aventurero inescrupuloso lo precedía en sus continuos viajes. Frecuentó la corte del rey de Francia y cultivó la amistad de seres prominentes como Mozart, Voltaire, el príncipe de Ligne, Catalina de Rusia, el rey de Polonia, los reyes de Prusia y el Papa Clemente XIII, quien lo hizo caballero de la Orden del Espíritu Santo.
Jugador empedernido, y amante fervoroso, fueron estas dos facetas la que han opacado al espíritu brillante que él encarnaba. En efecto, Casanova nos ofrece en sus obras y principalmente en la Historia de mi vida, una colorida pintura de la sociedad del siglo de las luces. El ambiente europeo de la aristocracia y la alta burguesía que el visitaba. Esa época del denominado Ancien Règime, que precedió a la revolución francesa, es relatado por Casanova con minuciosa exactitud.
Hacia 1790, cercado por la pobreza, achacado por la vejez, Giacomo recala en Checoslovaquia. En la ciudad de Dux deviene bibliotecario del conde Josef Karl Waldstein, masón y aficionado a la magia como él, lo acoge en su castillo. No fueron esos años felices para Casanova, quien probablemente afectado por una depresión, se aboca en 1792 a escribir sus memorias.
Fue esa sin duda, una decisión afortunada. Encontró en esta última tarea, sosiego para sus males y un sitio imperecedero entre los grandes literatos de lengua francesa, ya que escribió en ese idioma para asegurar la difusión de su obra. Los manuscritos tuvieron un destino agitado, como la vida de su autor. Sufrieron mutilaciones diversas hasta que los originales fueron rescatados y, salvo algunos capítulos perdidos, nos ofrecen, en las ediciones actuales, la autenticidad de la pluma de Casanova.
Estas memorias son en suma, además del relato pormenorizado de viajes y aventuras galantes, la biografía de un gran hombre de mundo, enamorado de la vida. . Dos siglos más tarde, el lector es sorprendido por la modernidad de aquel hombre, curioso del mundo que lo circundaba, atento a sus mudanzas, nostálgico de una nobleza que a la que vanamente aspiraba. En ese sentido, hacia el último tramo de su vida acostumbraba hacerse llamar Chevalier de Seingalt.
Las mejores ediciones disponibles de las Memorias son:
Histoire de ma vie. Edition intégrale. 12 vols. in 6. Wiesbaden and Paris: F.
Histoire de ma vie; suivi de textes inédits. Preface, Francis Lacassin. 3 vols. Paris: Laffont, 1993.
The History of My Life. 12 vols. in 6. Trans. Willard R. Trask. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1997.
Storia della mia vita. Ed. Piero Chiara and Federico Roncoroni. 3 vols. Milan: Mondadori, 1983-89.

lunes, 25 de agosto de 2008

Il Gatopardo

“Si vogliamo che tutto rimanga com´è,
bisogna che tutto cambi”.
Giuseppe Tomasi, príncipe di Lampedusa
(1896-1957)


Giuseppe Tomasi perteneció a la noble y antigua familia siciliana de los príncipes de Lampedusa, señores de Torreta y duques de Palma y Montechiaro.
Su infancia transcurrió en los palacios paternos de Palermo y de Santa Margherita Belice, por cuyas estancias fue aprendiendo el camino de la soledad y la compañía de los libros, también en ellas advirtió la decadencia de la aristocracia siciliana, su nostalgia y su escepticismo. La presencia todopoderosa de su madre lo marcó de por vida.
En 1915 viajó a Roma para estudiar leyes, fue reclutado y combatió en la Primera Guerra Mundial. Cayó prisionero de los austriacos en Hungría, de donde escapó en 1917.
De regreso a Palermo, se dedicó a la lectura de sus admirados Stendhal y Balzac, también viajó y frecuentó diversos círculos intelectuales de Europa, se casó, no demasiado felizmente, con una noble lituana, y finalmente tuvo un encuentro tardío con la creación literaria.
En efecto, a los 54 años de edad, y tres años antes de morir, escribió su extraordinaria novela Il Gatopardo, en la que relata la historia del príncipe Fabrizio de Salina, y de las vicisitudes sociales y espirituales que atraviesa, cuando se produce el derrumbe del antiguo orden en que había vivido, durante el reinado de Francesco II de Borbón, ante la avasalladora fuerza de Garibaldi y sus milicianos, que luchaban por la reunificación italiana, en torno a la corona de Vittorio Emmanuelle II, de la piamontesa casa de Saboya. Era el modo de permitir el tardío ascenso de la burguesía al poder. Don Fabricio, descendiente de los normandos, percibe el lento declinar de su clase y espera la inevitable ruina de su propia familia, y no mueve un dedo para salvarlas.
Así, digno e impasible, escucha a su sobrino Tancredi, adaptado a los nuevos tiempos, decir con fina ironía:
“Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. Una de esas batallas en las que se lucha hasta que todo queda como estuvo. No queréis destruirnos a nosotros, vuestros padres. Queréis sólo ocupar nuestro puesto. Para que todo quede tal cual. Tal cual, en el fondo: tan sólo una imperceptible sustitución de castas".
La obra se desarrolla entre 1860 y 1910, y en ocho capítulos magistrales describe medio siglo de historia de los protagonistas.
Un gatopardo es por definición, en Italia un “felino de formas elegantes, similar al gato doméstico pero mucho más grande” aunque la criatura que evoca Lampedusa no pertenece al mundo natural, sino al exótico campo de la heráldica, ya que el blasón de los Lampedusa exhibía un leopardo rampante, denominado gattopardo en el sencillo decir de los campesinos de Torreta y Palma, feudos de la familia. Es a no dudarlo un símbolo autobiográfico del autor.
Un contemporáneo de Tomasi, Carl G. Jung, resume en sus palabras la filosofía del príncipe:
“Quien no comprende que el conocimiento debe convertirse en una obligación moral, deviene presa del principio de la fuerza, lo cual produce efectos dañinos no solo para los otros, sino para sí mismo”.
La novela, terminada poco antes de morir el príncipe, fue rechazada por las principales editoriales de Italia. Finalmente, merced al esfuerzo del tenaz y diligente Giorgio Basani, admirador de Tomasi, tuvo su publicación póstuma en 1958 por la casa editorial de Feltrinelli. Obtuvo un enorme éxito y ganó el Premio Strega en 1959. Está considerada como una de las cumbres de la literatura italiana del siglo XX.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Tres precursores del Impresionismo (Ensayo)

LORRAINE, TURNER, CONSTABLE.


Todo en lo humano es evolutivo, incluido el arte. Es como si la experiencia de los hombres fluyera a través del tiempo, sedimentando aquí y allá los basamentos para los avances de su efímero devenir.
Hubo en ese marco de ideas tres grandes pintores que fundamentaron con su obra lo que sería el movimiento impresionista del siglo XIX, con su explosión de luz y de color.

El primero de ellos
fue Claude Gelée de Lorrain, conocido en el mundo hispano como Claudio de Lorena, nacido en el año 1600 en Francia, y que desarrolló su genio en medio del barroco italiano, principalmente en Roma. Sus composiciones, llenas de equilibrio, con un horizonte bajo, y dos tercios de cielo, con un centro luminoso, le permitieron crear prodigiosos efectos atmosféricos, y serían el modelo para todos los paisajistas posteriores. Embarco en Ostia, Puerto al atardecer, Moisés salvado de las aguas, entre otros, son óleos que estremecen por la maestría de los efectos lumínicos.
La obra del de Lorena influenciaría sobremanera a dos pintores románticos ingleses.

Uno fue Joseph Turner, (Gran Bretaña 1775-1851) viajero incansable, desarrolló su genio a temprana edad y su obra fue una evolución constante, no siempre comprendida, pero impregnada de sensiblidad y maestría, utilizada para expresar la fragilidad humana frente a los poderes de la naturaleza.
Venecia fue el paisaje de alguna de sus mejores obras. Como pocos captó los efectos de la luz sobre el cielo y la laguna.
El mar, el sol, todas las fuerzas de la naturaleza deflagran en sus pinturas.
Así, El Temerario remolcado a puerto, El naufragio, o Lluvia, vapor y velocidad, del año 1844, anticipan lo que sería el arte del siglo XX.



Turner - Incendio

El tercero de estos grandes artistas, sedentario y apegado a su terruño, fue John Constable (Gran Bretaña 1776-1837), maravilloso paisajista del condado de Suffolk, de grande fama en los tiempos en que vivió, al punto tal que la región circundante, que el inmortalizó en sus óleos, se denomina el territorio de Constable.
Sus obras, como la Catedral de Salisbury, Playa de Brighton o Barco encallando en la playa, serían contempladas con admiración por Delacroix y la mayoría de los pintores impresionistas, tanto por su asombroso manejo de la luz, como por su inclinación a pintar el paisaje al aire libre, que ellos adoptaron unánimemente.
Acaso la tela más apreciada por estos fue la denominada El carro de Heno, de una armonía y efectos lumínicos inefables.


Constable-El carro de heno

La obra de estos tres maestros se encuentra diseminada en los grandes museos del mundo. Contemplarlas resulta una experiencia inexplicable, bella y conmovedora. Al fin y al cabo esas emociones son el prodigio del hecho artístico.