Espacios donde lo imaginario y lo real se entremezclan, que otra cosa no es, ese raro fenómeno humano que denominamos Arte. © Todas las obras de Eduardo Protto publicadas en esta web están registradas. Su uso indebido será sancionado.
miércoles, 2 de febrero de 2011
EN ARGENTINA, EL HAMBRE ES UN CRIMEN
En un país que produce alimentos suficientes para nutrir a 400 millones de personas y cuyo gobierno impone enormes retenciones en dólares a las exportaciones agropecuarias, resulta inconcebible que un solo ser humano muera por hambre.
Ayer en Tartagal, Salta, murió un niño desnutrido. Su hermanito agoniza por el mismo flagelo. En los últimos dos años, en la patria, murieron al menos 28 seres humanos por falta de comida.
Si denominamos moral al conjunto de principios y creencias de una persona o grupo social, los cuales orientarán sus ideas en torno del bien o del mal de su actos, entonces deberíamos plantarnos ante esta muerte y como sociedad interrogarnos:
¿Es moral o inmoral que un niño muera por hambre?
Si la respuesta es: INMORAL, esa muerte es un crimen y como tal tiene responsables. Los autores por acción u omisión se encuentran en el vértice de la pirámide del poder político.
No hay persona de bien que pueda mirar hacia otro lado frente a esta violencia.
Porque, digámoslo con vehemencia, si el hambre es un crimen, todo crimen es violencia inmoral y semejante inmoralidad, desencadenada contra un solo argentino, inhabilita cualquier discurso sobre las virtudes de tal o cual modelo económico.
De existir la vergüenza, ella obligaría mandarse a mudar de un cargo público deshonrado ante tamaña afrenta.
Pero en esta Argentina devaluada, el estado pasó a ser un sirviente de la corrupción, del crimen, de la anomia.
Y hasta que truene el escarmiento, la moral y la vergüenza, como decía el tango, la seguirán dando por moneditas.
miércoles, 19 de enero de 2011
¿Qué debemos exigirle a la política?
Política es un término griego que deriva de polis, ciudad, y hace referencia a la actividad de gobernar el estado para alcanzar el bien común. Naturalmente ese proceso de gobernar está influenciado por la cultura de los gobernantes y los gobernados, por su ideología y por sus intereses. El predominio de cualquiera de estas variables matizará la política y por ende sus efectos.
Así, en una cultura altamente transgresora e indiferente a la obediencia de la ley, como es por caso la Argentina, no es de extrañar que lleguen al poder individuos, que por acción u omisión, establecen el abolicionismo de todo orden legal e institucional, hasta donde sea posible, avasallando los principios republicanos y dejando de lado el orden elemental que toda convivencia civilizada implica.
Ejemplo consabido es el de los piquetes, de enmascarados o no, con su correlato de cortes de rutas, calles, vías ferroviarias y puentes internacionales. Constituyen la expresión cotidiana de la prepotencia al servicio de fines diversos. A ello es preciso agregar la ausencia de prevención, represión y castigo del delito de cualquier orden que sea. He ahí los síntomas alarmantes de un estado desertor y de gobernantes peligrosos. La impunidad de los grandes ladrones es moneda corriente en el ideario nacional y entiende la connivencia entre política y delito.
Decía Hernández en su Martín Fierro que la ley es telaraña y el bicho grande la rompe, pero hoy en día, también la atraviesan los bichos pequeños.
Connivencia es palabra latina que significa cerrar los ojos, hacer la vista gorda y es la herramienta esencial del que delinque sin represalias. He ahí el primer mandamiento que debe cumplir la política del porvenir: No hacer la vista gorda. Modificar a través de la educación propia y ajena la abominable pauta cultural de la inobservancia de la ley.
Igualmente sucede con la ideología y los intereses de círculo. Cuando más sectario es el pensamiento y los intereses a que este responde, más restrictivo será el bien común y mas grande la brecha entre débiles y poderosos.
Cada argentino adulto debe producir por lo menos lo que consume decía el General Perón. Producción y trabajo son las dos manos de la política económica y juntas labran la prosperidad.
De modo que la pregunta: ¿Qué debemos exigirle a la política? Tiene varias respuestas.
La primera es que promueva a políticos decentes, convencidos que el orden y el progreso caminan juntos, desterrando la connivencia del hábito de quienes mandan.
La segunda: Que tengan vocación republicana y acepten la diversidad de criterios y el diálogo como primer paso hacia la puesta en valor de las instituciones.
Por último, encauzar a los violentos (el delito siempre es violencia) bajo el imperio de la ley. La fuerza pública, como su nombre lo indica, es el monopolio de la autoridad del estado para hacer cumplir, a como de lugar, con aquello que mandan la constitución y las leyes. No hacer uso de esa autoridad es por lo menos absurdo y por lo más criminal.
Ejecutivo, Legislativo y Judicial deberían ser tres poderes para un solo fin: La grandeza de la patria y la felicidad del pueblo.
martes, 11 de enero de 2011
DOS ESCULTORES Y DOS CONDOTTIERI
Capitano di ventura era el modo de calificar en la Italia de los siglos XIV y XV a los oficiales mercenarios que conducían tropas, pagadas por las ciudades en conflicto. El término proviene de condotta que era la denominación de las tropas mercenarias.
Eran estos hombres eficientes en todas las especialidades militares de la época.
A veces para llevar adelante una guerra, el capitán que tenía su propia compañía, debía contratar a otras compañías menores. Así el primer capitán firmaba otra condotta de modo tal que era un contrato, verbal o escrito, que se extendía a todo el ejército condotiero.
Tuvieron su edad de oro durante dos siglos, pero hacia el 1550 estas fuerzas eran consideradas obsoletas ante las novedosas técnicas de la artillería.
Hubo dos famosos capitanes de los que el arte guarda memoria.
Erasmo de Narni (1370-1443) alias Gattamelata, acaso por el nombre de su madre Malania Gatteli, era hombre de humilde origen que comenzó la carrera de las armas al servicio de Andrea Fortebraccio, bravo militar conocido como Braccio da Montone.
Estuvo al servicio de Florencia, Venecia y el Papado en las guerras contra los Visconti de Milan.
A su muerte, los deudos encargaron a Donato di Niccolò di Betto Bardi (Donatello), el más renombrado de los escultores florentinos, la realización de una estatua que en su memoria debía erigirse en la Plaza de Padua.
Donatello concibió el monumento ecuestre a Gattamelata como un cenotafio, coronado con una escultura ecuestre, en bronce, donde jinete y caballo a pesar de la marcha están imbuidos de una gran serenidad, glorificando al personaje militar que conduce sin violencia pero con autoridad. Es el retrato de un hombre de edad madura, que avanza hacia la victoria en la plenitud de su inteligencia. Toda la maestría del escultor inmortaliza al hombre de armas.
Es la primera estatua ecuestre del mundo moderno, inspirada en el bronce romano de Marco Aurelio.
Bartolomeo Colleoni (1395-1475) Oriundo de Lombardía, pertenecía a una familia acomodada de la nobleza urbana. A los 15 años fue escudero de Filippo Arcelli, señor de Piacenza y a su lado sostuvo los primeros combates. Luego estuvo a las órdenes de Braccio da Montone y Jacopo Caldora. En 1429 pasó al servicio de Venecia, a las órdenes de Carmagnola. Luego sirvió a Gonzaga, marqués de Mantúa y a Gattamelata.
Fiel a la moral mercenaria, sirvió indistintamente a Milan y a Venecia. Las victorias de Bosco Marengo y la Riccardina le dieron larga fama.
Bartolomeo Colleoni d´Andegavia, como le gustaba ser llamado, murió en su Castillo de Malpaga el 2 de noviembre de 1475.
Tres años más tarde, Andrea di Michele di Francesco de' Cioni, apodado el Verrochio, pintor y escultor de renombre, maestro de Leonardo da Vinci entre otros artistas del renacimiento, recibió el encargo de la que sería su obra más famosa: La estatua ecuestre de Colleoni. Desafiaba a su genio la gloriosa sombra del bronce de Donatello, erigido tres décadas antes a unos pocos kilómetros de distancia.
Verrocchio puso en esta obra todo su talento artístico. La muerte lo atrapó casi al finalizarla, años después. Alejandro Leopardo fue el encargado de fundirla, darle los toques finales y de diseñar el pedestal de aquella estatua, sin rival hasta nuestros días. Representa a Colleoni cabalgando con aspecto arrogante, orgulloso de su fuerza como hombre, altivo de su talento como general y con el gesto de dirigir sus huestes al ataque. Su cabeza hacia un lado, la del corcel hacia el otro, en actitud de moverse con paso firme y pesado, pero seguro y fuerte, tal como se vería en el campo de batalla. El lugar elegido para la obra fue la plaza de San Giovanni e Paolo, donde se encuentra la Scuola de San Marco.
El arte, en ambos casos, fue tributario del coraje. Nada más bello habría podido obtenerse como resultado.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
LA DONACIÓN DE CONSTANTINO
Atque in inferno inferiori concrematus,
cum diabolo et omnibus deficiat impiis.
Pipino precisaba el reconocimiento de la iglesia para obtener la investidura real. El papa necesitaba del poder militar de los francos, para consolidar su reinado temporal en Italia.
El 28 de Julio del año 754, se legitimó la usurpación de la dinastía Merovingia establecida por Clovis. Aquel día domingo, en la abadía de Saint Dennis, el papa Esteban II consagró a Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel y mayordomo palatino, como Rey de los Francos y Patricius Romanorum. Sus hijos Carlomán y Carlos, también fueron consagrados en la misma ceremonia, al igual que su madre Berta. El papa estableció de tal modo una continuidad entre la antigua unción de los reyes bíblicos y el nuevo rey Carolingio, al arrogarse la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra. Como contrapartida, el advenedizo se comprometía con el vicario de Cristo a intervenir en los asuntos italianos.
En esa inteligencia, Pipino cruzó los Alpes con su ejército, conquistó vastas regiones controladas por los Longobardos y las cedió al papado. Corría el año 756 DC y por esa alta trapisonda, la ciudad de Roma y la Italia occidental se constituyeron en los Estados pontificios.
Cuando siglos después, fue preciso justificar aquella innovación jurídica de Pipino y Esteban II, razón por la cual se recurrió al manido método medieval de fraguar un documento que retrotrajese en el tiempo la situación que se daba en el presente. Este fue el nacimiento del documento que ha pasado a la historia como la Donatio Constantini.
Constantino, en el año 324 derrotó a su colega Licinius y se convirtió en el único emperador del Imperio Romano de Oriente y Occidente.
Gustaba afirmar que su victoria en la batalla del Puente Milviano, de acuerdo a la lógica militar, le hubiera correspondido a su enemigo Magentius, pero debido a la adhesión a la fé cristiana, el triunfo fue suyo. Entonces se inició la edad de oro del papado. La religión se unió al poder imperial para desplazar a los otros credos. Finalmente en el 395 el emperador canceló la libertad religiosa en el Imperio, y la única fe permitida fue el cristianismo.
Apoyándose en ese contexto histórico, en el siglo VIII se redactó un decreto imperial apócrifo, atribuido a Constantino I, por el cual les donaba al papa Silvestre I y a sus sucesores la ciudad de Roma, las provincias de Italia y todo el Imperio Romano de Occidente.
Durante varios siglos, la autenticidad de la Donación de Constantino fue incuestionable, hasta que en el año 1440, el humanista Lorenzo Valla publicó la Declamitio de falso credita et ementia donatione Constantini, donde afirmaba que todo el documento imperial era un fraude y que estaba fundado en una serie de anacronismos históricos. Por caso, el edicto mencionaba a Bizancio como una provincia, cuando en el siglo IV era apenas una ciudad. Además refería templos romanos aún inexistentes y cosas por el estilo.
La denuncia de Valla demolía el pilar que sostenía la legitimidad de los Estados Papales y por ello sus escritos fueron reprimidos. Recién en el año 1517 pudieron aparecer en Alemania algunas copias de sus escritos. No obstante, aunque las pruebas eran contundentes, pasaron varios siglos antes que la iglesia reconociera su engaño.
Estos fueron los antecedentes en los cuales estribó el episodio protagonizado por el arquitecto Lucien Savarin, Restaurador en Jefe de la Oficina del Patrimonio Cultural Francés, cuyos detalles transcribo parcialmente, para ilustrar a los lectores de habla castellana sobre el asunto, según los publicara el eminente hombre en colaboración con René Betancourt, en el Nº 328, Pág. 9 de la Revista Arqueológica Europea.
“En ejercicio de mis funciones fui llamado a la vieja Abadía de Saint Denis, después Basílica -- donde están enterrados casi todos los reyes de Francia-- para emitir opinión sobre las posibles modalidades de restauración del sepulcro de Dagoberto I, el último gran rey merovingio entre 629 y 639, luego sucedido por los llamados “reyes holgazanes”.
La tumba estaba gravemente dañada, tanto por la enfermedad de la piedra caliza como por las excavaciones del año 1839 y algunas malas reparaciones de siglos anteriores.
Milagrosamente el núcleo de la tumba había escapado a los ultrajes de la Revolución, pero no a los del tiempo.
Una vez que medité el asunto, elevé a la superioridad el proyecto, el cual fue autorizado en tiempo y forma para llevar adelante las obras requeridas.
Los trabajos principiaron en Mayo de 1953. Debajo la losa sepulcral se hallaba el sarcófago de pórfido con los despojos del monarca. No hubo mayores contratiempos hasta que la base de una de las dos torrecillas laterales, cedió, amenazando derrumbarse. Fue preciso apuntalarla, consolidarla y nivelarla. Al excavar sus fundamentos, a unos sesenta centímetros de profundidad, apareció una caja de mármol de 45x30 centímetros que alojaba en su interior un cilindro de bronce con una cruz dorada en su tapa, el cual contenía un rollo de pergamino en buen estado de conservación, con legible y prolija escritura latina, que inmediatamente fue puesto a buen recaudo y posteriormente entregado al distinguido Profesor René Betancourt para su estudio.
Luego de escrupulosos análisis, Betancourt arribó a la conclusión que el manuscrito era obra del monje benedictino Teobaldo de Troyes, bibliotecario de la abadía de Saint Dennis y celebrado copista.
El texto afirmaba que Teobaldo, a sus 56 años, estaba abrumado por la culpa de haber cometido un pecado imperdonable. Relataba que en el año 789, compelido por el abad Saurès, debió redactar un pseudo decreto imperial del siglo IV, que según las palabras del superior “Multiplicaría el vigor de la iglesia para la gloria de Dios”. Afirmaba que para fraguarlo había utilizado el palimpsesto de una antiquísima escritura pagana y daba precisos detalles de cada uno de los veinte párrafos que constituían el edicto. Aseguraba estar abatido por la certidumbre de haber perdido su alma y que en la imposibilidad de lavar tales culpas hacía lo único que sabía: Escribir en íntima confesión su arrepentimiento, con la esperanza de ser perdonado por el Altísimo".
Paris, marzo 9 de 1954.
Nota del Editor:
Lucien Savarin dejó claro testimonio de haber soportado innúmeras presiones para que el documento hallado no fuera difundido. Algunos de quienes detentaban ya el poder temporal ya el secular, consideraban que la abadía de Saint Dennis, gloria de la Cristiandad, cuyo estandarte --- el “Oriflamme”-- fuera divisa de los reyes de Francia y en cuya tierra sagrada descansaban 38 de ellos, no merecía el ultraje de tales revelaciones.
En su calidad de libre pensador, Savarin resistió intrigas y amenazas, fue despojado de su cargo y pese a todo llevó adelante, con la colaboración de su amigo Betancourt, lo que el consideraba un deber irrenunciable: “Rendir tributo a la verdad y a los hombres como Lorenzo Valla, que se rebelaron contra el despotismo inmoral de la iglesia, arrojando un rayo de luz sobre sus innobles manejos”.
Savarin falleció en un accidente automovilístico, en las afueras de Orléans en Julio de 1954 sin que las causas del mismo fueran razonablemente aclaradas.
René Betancourt murió en Paris, en Septiembre de 1954. Según se desprende del informe policial: “Fue baleado tras resistirse a un robo en la rue Condorcet”. Los responsables del crimen no se identificaron y la investigación del caso quedó archivada.
El documento de Teobaldo de Troyes, hallado en la tumba de Dagoberto I, ya no se encuentra en los Archivos Nacionales y nada se sabe de él.
cum diabolo et omnibus deficiat impiis.
Pipino precisaba el reconocimiento de la iglesia para obtener la investidura real. El papa necesitaba del poder militar de los francos, para consolidar su reinado temporal en Italia.
El 28 de Julio del año 754, se legitimó la usurpación de la dinastía Merovingia establecida por Clovis. Aquel día domingo, en la abadía de Saint Dennis, el papa Esteban II consagró a Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel y mayordomo palatino, como Rey de los Francos y Patricius Romanorum. Sus hijos Carlomán y Carlos, también fueron consagrados en la misma ceremonia, al igual que su madre Berta. El papa estableció de tal modo una continuidad entre la antigua unción de los reyes bíblicos y el nuevo rey Carolingio, al arrogarse la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra. Como contrapartida, el advenedizo se comprometía con el vicario de Cristo a intervenir en los asuntos italianos.
En esa inteligencia, Pipino cruzó los Alpes con su ejército, conquistó vastas regiones controladas por los Longobardos y las cedió al papado. Corría el año 756 DC y por esa alta trapisonda, la ciudad de Roma y la Italia occidental se constituyeron en los Estados pontificios.
Cuando siglos después, fue preciso justificar aquella innovación jurídica de Pipino y Esteban II, razón por la cual se recurrió al manido método medieval de fraguar un documento que retrotrajese en el tiempo la situación que se daba en el presente. Este fue el nacimiento del documento que ha pasado a la historia como la Donatio Constantini.
Constantino, en el año 324 derrotó a su colega Licinius y se convirtió en el único emperador del Imperio Romano de Oriente y Occidente.
Gustaba afirmar que su victoria en la batalla del Puente Milviano, de acuerdo a la lógica militar, le hubiera correspondido a su enemigo Magentius, pero debido a la adhesión a la fé cristiana, el triunfo fue suyo. Entonces se inició la edad de oro del papado. La religión se unió al poder imperial para desplazar a los otros credos. Finalmente en el 395 el emperador canceló la libertad religiosa en el Imperio, y la única fe permitida fue el cristianismo.
Apoyándose en ese contexto histórico, en el siglo VIII se redactó un decreto imperial apócrifo, atribuido a Constantino I, por el cual les donaba al papa Silvestre I y a sus sucesores la ciudad de Roma, las provincias de Italia y todo el Imperio Romano de Occidente.
Durante varios siglos, la autenticidad de la Donación de Constantino fue incuestionable, hasta que en el año 1440, el humanista Lorenzo Valla publicó la Declamitio de falso credita et ementia donatione Constantini, donde afirmaba que todo el documento imperial era un fraude y que estaba fundado en una serie de anacronismos históricos. Por caso, el edicto mencionaba a Bizancio como una provincia, cuando en el siglo IV era apenas una ciudad. Además refería templos romanos aún inexistentes y cosas por el estilo.
La denuncia de Valla demolía el pilar que sostenía la legitimidad de los Estados Papales y por ello sus escritos fueron reprimidos. Recién en el año 1517 pudieron aparecer en Alemania algunas copias de sus escritos. No obstante, aunque las pruebas eran contundentes, pasaron varios siglos antes que la iglesia reconociera su engaño.
Estos fueron los antecedentes en los cuales estribó el episodio protagonizado por el arquitecto Lucien Savarin, Restaurador en Jefe de la Oficina del Patrimonio Cultural Francés, cuyos detalles transcribo parcialmente, para ilustrar a los lectores de habla castellana sobre el asunto, según los publicara el eminente hombre en colaboración con René Betancourt, en el Nº 328, Pág. 9 de la Revista Arqueológica Europea.
“En ejercicio de mis funciones fui llamado a la vieja Abadía de Saint Denis, después Basílica -- donde están enterrados casi todos los reyes de Francia-- para emitir opinión sobre las posibles modalidades de restauración del sepulcro de Dagoberto I, el último gran rey merovingio entre 629 y 639, luego sucedido por los llamados “reyes holgazanes”.
La tumba estaba gravemente dañada, tanto por la enfermedad de la piedra caliza como por las excavaciones del año 1839 y algunas malas reparaciones de siglos anteriores.
Milagrosamente el núcleo de la tumba había escapado a los ultrajes de la Revolución, pero no a los del tiempo.
Una vez que medité el asunto, elevé a la superioridad el proyecto, el cual fue autorizado en tiempo y forma para llevar adelante las obras requeridas.
Los trabajos principiaron en Mayo de 1953. Debajo la losa sepulcral se hallaba el sarcófago de pórfido con los despojos del monarca. No hubo mayores contratiempos hasta que la base de una de las dos torrecillas laterales, cedió, amenazando derrumbarse. Fue preciso apuntalarla, consolidarla y nivelarla. Al excavar sus fundamentos, a unos sesenta centímetros de profundidad, apareció una caja de mármol de 45x30 centímetros que alojaba en su interior un cilindro de bronce con una cruz dorada en su tapa, el cual contenía un rollo de pergamino en buen estado de conservación, con legible y prolija escritura latina, que inmediatamente fue puesto a buen recaudo y posteriormente entregado al distinguido Profesor René Betancourt para su estudio.
Luego de escrupulosos análisis, Betancourt arribó a la conclusión que el manuscrito era obra del monje benedictino Teobaldo de Troyes, bibliotecario de la abadía de Saint Dennis y celebrado copista.
El texto afirmaba que Teobaldo, a sus 56 años, estaba abrumado por la culpa de haber cometido un pecado imperdonable. Relataba que en el año 789, compelido por el abad Saurès, debió redactar un pseudo decreto imperial del siglo IV, que según las palabras del superior “Multiplicaría el vigor de la iglesia para la gloria de Dios”. Afirmaba que para fraguarlo había utilizado el palimpsesto de una antiquísima escritura pagana y daba precisos detalles de cada uno de los veinte párrafos que constituían el edicto. Aseguraba estar abatido por la certidumbre de haber perdido su alma y que en la imposibilidad de lavar tales culpas hacía lo único que sabía: Escribir en íntima confesión su arrepentimiento, con la esperanza de ser perdonado por el Altísimo".
Paris, marzo 9 de 1954.
Nota del Editor:
Lucien Savarin dejó claro testimonio de haber soportado innúmeras presiones para que el documento hallado no fuera difundido. Algunos de quienes detentaban ya el poder temporal ya el secular, consideraban que la abadía de Saint Dennis, gloria de la Cristiandad, cuyo estandarte --- el “Oriflamme”-- fuera divisa de los reyes de Francia y en cuya tierra sagrada descansaban 38 de ellos, no merecía el ultraje de tales revelaciones.
En su calidad de libre pensador, Savarin resistió intrigas y amenazas, fue despojado de su cargo y pese a todo llevó adelante, con la colaboración de su amigo Betancourt, lo que el consideraba un deber irrenunciable: “Rendir tributo a la verdad y a los hombres como Lorenzo Valla, que se rebelaron contra el despotismo inmoral de la iglesia, arrojando un rayo de luz sobre sus innobles manejos”.
Savarin falleció en un accidente automovilístico, en las afueras de Orléans en Julio de 1954 sin que las causas del mismo fueran razonablemente aclaradas.
René Betancourt murió en Paris, en Septiembre de 1954. Según se desprende del informe policial: “Fue baleado tras resistirse a un robo en la rue Condorcet”. Los responsables del crimen no se identificaron y la investigación del caso quedó archivada.
El documento de Teobaldo de Troyes, hallado en la tumba de Dagoberto I, ya no se encuentra en los Archivos Nacionales y nada se sabe de él.
martes, 14 de diciembre de 2010
VIENTOS DE FRONDA
La expresión del título debe su origen al vocablo francés Fronde (honda), aludiendo a las peleas con hondas de las masas descontentas de París con las autoridades que intentaban reprimirlas. Se extiende a toda revuelta o protesta que excede los márgenes previstos.
El viento de Fronda es siempre una alerta de gravedad, pero lo es más aún, cuando el gobierno de turno está atravesado por la perplejidad, la intriga, las conspiraciones de camarillas ministeriales y la ausencia de políticas nobles, fuere por impericia, por imprudencia o por negligencia.
Hacían bien los funcionarios veletas, únicos beneficiarios del régimen K, en llorar la muerte de Néstor Kirchner. Anticipaban, acaso sin saberlo, estos vientos que titulan la nota. Faltos del artífice de esta política demagógica, teñida de corrupción, violencia y despotismo, quedaron a la intemperie sus testaferros, apenas útiles para los negociados o para emular el rol del mandante, a quien en el fondo representaban.
Ahora estamos los argentinos, en un barco sin timón. O lo que es peor, en un barco en el que muchos se disputan el timón. De ahí la anarquía y las enormes contradicciones en la mera definición del problema.
Asistimos a la deserción de la fuerza pública para salvaguardar el imperio de la ley.
La falaz distribución del ingreso, el declamado respeto por los derechos humanos y toda la retórica de quienes pretendían tapar el sol con un harnero ha mostrado su espantosa presencia. La verdad siempre surge. Ahí están los pobres de toda pobreza, ahí están los tiempos perdidos y los dineros malgastados, olvidando las soluciones de fondo para los graves problemas argentinos.
Vivimos tiempos de anarquía y confusión, presente en los que mandan y deben hacer cumplir las leyes como en aquellos que no las obedecen.
La historia refiere que cuando llegó a Paris la noticia de la trágica retirada de Napoleón de Rusia, alguien le dijo a Talleyrand: “Es el fin” y el gran diplomático le respondió: “No es el fin... Es el principio del fin”
Puede que asistamos al principio del fin de una época nefasta, plena de mentiras, desaciertos y daño profundo a las instituciones.
El punto final acaso lo pondrá el pueblo argentino.
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